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Desde un rincón me mira, desde la distancia. Quizá esperando a que me dirija a ella, que se asoma a través de una ventana.

Sin embargo no lo hago. No miro, porque no veo mas allá de lo que quiere saber.

Sin embargo lo hago. Si miro, y observo, porque quiero ver mas allá para explicarle lo que demanda.

Y al volver a observar, miro y veo. Que su mirada brilla en un universo de colores. Esos mismos colores que recuerdan a aquellas flores que siempre tiene en la memoria.

Colores que inundan su dia, y que persisten por la noche, atenuados por un manto de oscuridad.

Aunque por la noche no consiga ver nítido, encuentra un lugar donde la claridad, blanca, siempre blanca, le permite ver sus flores.

Aquellas flores que recuerda por su olor. Por su color, mezcla de morados , mezcla de rojos y azules. Mezcla de todo, partes de nada.

Flores que un día dejo de ver. Ceguera que le impidió seguir viendo mas nunca los colores de su vida. Unos ojos que se tornaron mates, inertes, ciegos. Para siempre.

Y su desconsuelo, lleno de lágrimas rojas por aquellos que nunca mas vería. Rojas, familiares, amantes, amigos, personas.

Desde entonces, olores, tacto, sensaciones. Pero en su recuerdo perdurarían para siempre aquellos colores que le dieron la vida y que cada noche, en su oscuridad, vuelve a recordar.

¿Que ves a través de unas líneas en un trozo de cartón? En principio en difícil encontrar sentido a algo que de entrada no lo tiene. Pero si iniciad una búsqueda de algo infinito, es probable que lo infinito termine sorprendiendo a quien menos lo espera.

Es una mirada el punto de partida. Una mirada y una flor. Y entre medio cuatro manos revolviendo colores como cada uno en ese momento siente.

Y a partir de ahí empiezo a contar una historia. Esta que hoy escribí, sin sentido o tal vez con todo el sentido del mundo. Quizá porque cerca de mi hubo gente que un día dejaron de ver sus colores rojos de alrededor, para siempre.

Por todos aquellos que dejaron de ver.


César Sancho Prieto

 

No es lo mismo las once de la noche que las ocho de la mañana.

No es lo mismo la luz de un bar, la música de ambiente, del ambiente, que el silencio de la oscuridad.

No es lo mismo la valentía del alcohol en la sangre, que la resaca del despertar.

No es lo mismo trasnochar que no dormir.

No es lo mismo la compañia, acompañado, el compañerismo y la amistad, que la soledad.

No se siente lo mismo cuando los actos son separados por horas.

Cuando de repente algo que te parece perfecto y apropiado, y unas horas después te parece irrespetuoso e incluso osado.

Cuando un mismo acto adquiere bises heróicas para después pasar a ser una tragedia griega.

Unas palabras escritas en un teléfono que vuelan.

Desaparecen.

De mi vista.

A su vista.

Para después la nada.

Y tranquilidad. Seguridad. Firmeza. Y a olvidar.

Para después…

Después todo se ve diferente. Cuando en confidencias vienen las lamentaciones. El que dirá, el que pensará. Pero sobre todo, el qué no dirá. El que no pensará.

Porque no hay más. No hay diálogos válidos porque así tiene que ser. No mas intercambios de opiniones para no molestar. No mas “yo te dije y tu me dijiste”. Solo palabras que van al viento sabiendo que en algún lugar serán leídas.

Y cuando te das cuenta de que realmente no hay un mas allá, cuando repasas la historia para verla en su conjunto, descubres que has puesto el punto final. Y aparece el abismo delante de tus pies.

El abismo.

Al que te empujan, al que no quieres caer.

Y te encuentras ahí, en el borde. Con las puntas de los pies al aire, sin nada debajo. Mientras tanto, sientes la presión tras de ti, de la que quieres escapar.Pero el vacío, delante, acecha con tragarte entero y llegar hasta el fondo. 

Comienza la lucha. Después de ese punto final.

Comienza el camino que bordea el abismo, al que te pueden empujar en cualquier momento. Pero te aferras al borde, a ese camino que lo circunscribe, para no caer.

Es difícil comportarse en el después. Mantener la compostura, el saber estar, la educación. La cordura, sobre todo la cordura.

Es difícil estar atinado, y tremendamente fácil ser desatinado.

Muy fácil.

Pero nadie nos enseña como seguir el camino cuando todo se derrumba. Cuando abres lo ojos de madrugada, cuando te pregunta “¿como estás?” y las cuatro paredes que te rodean se vienen abajo como hasta ese instante no lo habían hecho. Y se inundan los ojos para desdibujar la mirada. Quizá ayudando para no dejarte ver bien la dificultad del camino.

Se hacen las cosas, bien.

Se hacen las cosas, generalmente mal.

Pero se hacen.

¿Y sabéis que?

Que yo tenía un tiesto roto que no supe que hacer con él. Si tirarlo, pegarlo, guardarlo o llevarlo al trastero. Pero lo peor de todo es que en éste tiempo de luto, el tiesto ha seguido estando ahí, roto, con sus pedazos por el suelo. Tal cual.

Y ahora se que lo que tengo que hacer es coger todos y cada uno de los pedacitos de ese tiesto, y meterlos en una caja. Con cuidado, con cariño, y con paciencia. Para guardarlos, sin que se rompa mas. Para conservarlos todos juntos, lo que queda del tiesto y sus miles de cachitos. Recogerlos para no tropezarme con ellos mientras camino, porque cada tropiezo significa un nuevo dolor, una nueva herida.

Y cuando estén todos en esa caja, mirarlos y ver que en algún tiempo, todos esos pedazos fueron un tiesto maravilloso en el que crecía un flor que daba flores en forma de puntos rojos. Y recordarla así, como fue entonces, y no como es ahora. Algo roto.

Los pedazos se están guardando dentro de la caja.  

Despacio.

Uno por uno.

Pero yo me pregunto,

¿cuándo seré capaz de cerrarla?

“You know I’d do anything for ya
See I would go through all this pain
Take a bullet straight through my brain
Yes I would die for ya baby, but you won’t do the same…”

 


El Renglón Torcido

 

¿Y por que no sonreir y terminar bailando hasta que duelan las rodillas?

Como dice la canción, soñaré que puedo volar para alcanzar el cielo… ¿Y si puedo volar, donde iré? Pues lejos de aqui, y cerca de todos. De todos aquellos que ésta canción trae a mi mente, y que provocan una sonrisa mientras las letras salen a traves de mis dedos.

Hay veces que nosotros mismos nos metemos en un bucle del cual no podemos salir si no nos paramos en seco y cambiamos de dirección.

¿Y si cambio de dirección?

O simplemente, me pregunto, ¿y si ya la he cambiado y tan siquiera me he dado cuenta?

Hoy he elegido una canción diferente a las que solía poner. Tal vez sea un espejismo, o simplemente sea que hoy tengo un buen día. Quizá mañana vuelve a los melodramas, a las comedias negras y los fados tristes con canciones desesperadas.

Pero sinceramente, hoy, no. Porque no, y punto.

Y el punto tiene explicación.

Llevo el teléfono rojo (para los de la LOGSE, estoy de guardia). Y bastante coñazo tengo ya encima como para llegar ahora y divagar deprimido entre los pensamientos oscuros de mi cerebro.

No toca.

Bailo al ritmo de la música, mi música. La que decido poner cuando el silencio se adueña de mi casa. Cuando mi voz no se oye mas que dentro de mi, y morfeo se aproxima  para llevarme en sus brazos a tener lindos sueños.

Y por supuesto sonrío.

Porque ésta canción siempre me trae buenos recuerdos, de gente que ahora no veo y que en su dia me compartieron. Y por eso hoy viene aquí. Por todas aquellas risas que un día sonaron al unísono y que hoy hace que me vaya a dormir con su recuerdo brillando en mi cabeza.

Comienzo una semana tal vez dura, es seguro un si.  

Tal vez triste o tal vez triste.

 Porque mañana es martes y trece, y prefiero no recordar que el tiempo pasa volando, y que hace un mes algo cambio para bien o para mal. Prefiero no recordarlo pero lo recuerdo quizá con la esperanza de que afrontando las cosas, mirándolas a la cara, el problema sea menos problema.

Un dia tras otro.

Y yo sigo caminando.

Ese caminar traerá un fin de semana donde probablemente las nieblas que se ciernen sobre mi cabeza desaparezcan.

Aunque…

¿Sabéis lo malo?

Que quizá esas nieblas…

Se tornen en nubes de tormenta…

En truenos…

Relámpagos…

Que sonaran, si, en mi cabeza.

¿Pero por una resaca?

 

 

Buena semana.


Silencio

 

 

Que se te caiga un cuadro que tienes colgado de la pared, en mitad de la noche (o madrugada), y de repente abrir los ojos y ver que son las 5:50h, pues crea un cierto desasosiego en el cuerpo, que evita que vuelvas a dormir placidamente hasta que suene tu despertador.

Y es que uno es un poco supersticioso, por no decir maniático y presunto candidato a padecer un TOC de mayor (trasntorno obsesivo compulsivo). Y que pasen éstas cosas, pues un menda empieza a achacarlas a explicaciones varias que sólo pueden aparecer en un cerebro transtornadamente torcido como el mío.

No es un cuadro cualquiera, es un cuadro que el Sr. Pintor me regaló por navidades. Un silencio, un punto rojo y un gato. Un cuadro especial, que después de llevar mucho tiempo apoyado encima de la cajonera de mi habitación, pasó a formar parte de la colección de colgados de mi casa. Un cuadro que cada noche cuando me acuesto en mi cama me observa desde las alturas. Este es el primer punto del acojone mañanero: vamos, que no es una lámina de un bebe de esos que les hacen fotos, no. Es un cuadro especial.

Punto dos, las 5:50h. ¿Y por qué esa hora? Pues porque desde hace un tiempo a ésta parte, de vez en cuando, por no decir habitualmente, duermo con una personilla pintora, que a las 5:50h. de la mañana, le suena su despertador para empezar su jornada de trabajo. Y de aquí el siguiente punto de acojone de la historia.

Pues además, le juntamos que hoy he dormido sólo en mi casa… ¡Para hacer una peli de Poltergeist de eso! Hoy he dormido solo, no sonaría un despertador a las 5:50 horas. En lugar de despertarme a mi hora habitual, lo hago sobresaltado por un ruido tremendo en mitad de la oscuridad, que no sabía si se me estaba cayendo el techo encima o si habia entrado alguien por el balcón a darme los buenos días. Acojonado hasta que enciendes la luz y ves que el cuadro ya no está en su sitio. Y respiras aliviado. ¡Ah, es sólo el cuadro!

Aliviado, hasta que miro el reloj, para volverme a dormir. ¡Las 5:50h. ! Coño… Justo la hora en la que el Sr. Pintor se estará levantando en su casa para ir a trabajar. Uy uy uy… Que coincidencias y que mal rollo. ¿Será alguna señal que se caiga su cuadro a la misma hora que se levanta? Ay madre que desasosiego interno que me llevo.

En esos momentos mi cabeza empieza a maquinar. ¿Le habrá pasado algo? ¿Le llamo? ¿Le mando un mensaje? Ainss que sinvivir. Hasta que me cabeza mas lógica se acuerda que el clavo donde estaba colgado no estaba demasiado bien sujeto, y eso explica que fuera al suelo. ¿Pero y lo de la hora?

Mira, yo no se si son coincidencias o no, pero la verdad que un ratico acojonado ya he pasado.

Adiós, buenos días.


 

“Quiero sueños irreales…”

 

 

Ésta mañana me he despertado sobresaltado, eran las 3.32 horas en mi móvil. Y cuando me he despertado, lo único que me ha venido a la cabeza es una frase que inmediatamente he escrito en mi móvil para que no se me olvidara.

“Quiero sueños irreales, no verdades como catedrales”.

Y así ha quedado grabada para siempre en mi memoria. De madrugada y tras un mal sueño. No, no estoy loco por escribir una frase a medianoche. Tampoco lo estoy por haber pensado lo que he pensado. Y es que todo tiene una explicación. Son las 8.28 horas de la mañana y tengo un sueño que me muero. Últimamente lo de caer en brazos de Morfeo para que me acune en sus brazos y me produzca dulces sueños, parece que se lo ha tomado como el pito del sereno. Porque dormir claro que duermo, pero lo de los dulces sueños los debe estar teniendo otro. Como dice el Sr. Pintor cuando se despierta de la siesta y me cuenta que ha soñado con conejos azules y morados, con gatos y peras, con motos y carrozas, con reinas… Sueños irreales. Esos quiero que sean mis sueños.

Sueños que me hagan volar en un caballo loco, que me hagan reír y despertarme con una sonrisa, o simplemente soñar con la niña de Poltergeist y despertame acojonado en mitad de la noche. Pero serán simplemente eso, sueños irreales, que al despertar pueda pensar que era sencillamente un sueño y que no puede llegar a cumplirse de ninguna de las maneras.

Pero no, mi subconsciente debe estar castigandome por algo que claro, como es subconsciente, yo no se el por qué. Y trae a mi mente mientras duermo peleas, mas peleas, y si no has tenido poco, pues peleas. Y francamente, cansa mucho. Físicamente y mentalmente. Y sí, los que me conocéis saben que sí, que me encanta discutir, pero todo a su tiempo. Por la noche dormir, por el día, si se tercia discutir. Para todo hay hueco en la vida. Pero no, por la noche no, que me despierto por la mañana, o de madrugada y no se si lo que he soñado es un sueño o es realidad. Por favor Morfeo, trae a mi mente sueños irreales.

En fin, que empiezo un nuevo día en el que sabía que iba a escribir de otra cosa y mira por donde mis sueños se han paseado por delante para dejar constancia de ellos aqui. Y como no, aquí estan.


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Cuando un día las cosas se complican, parece que ese día no va a terminar nunca. Todo parece amontonarse cada vez mas y parece que el final no llega…
Pero llega. No como muchas veces nos gustaría. Lo bueno es que mientras esperas y desesperas, aprendes cosas nuevas, como que se pueden publicar entradas desde el iPhone, con fotos y todo.
Aunque eso al fin y al cabo no es lo importante… Os dejo que llega mi paciente.
Buenas noches.


 

Con una sonrisa y unas palabras de cordialidad y disculpa, se puede pasar de un ambiente cuanto menos tenso, a una velada mas que distendida. Lo que fué un enfado generalizado podría haberse quedado en una anécdota de una noche cualquiera de sabado en la vieja Pamplona.

Pero no siempre suceden dichas anécdotas y no todo el mundo sabe en un momento dado como actuar para solventar un problema. Y es que el trabajo en el que tratas con público es muy esclavo, y hay que tener muchos trajes y capotes en el armario para saber torear cualquier situación que se te ponga delante. Pero además del saber estar, lo que hay que tener, además de todo eso, es un poquito de educación. Y más que un poquito,  yo diría que bastante educación para no seguir metiendo la pata una y otra vez.

La cuestión es que un sábado noche, te dispones a cenar tranquilamente con los amigos en un restaurante de Pamplona. Una celebración de varios cumpleaños nos reúne en un restaurante en el centro. No voy a decir cuál era, porque no pondré mala fama de un restaurante sólo porque un camarero no haya sabido estar a la altura de la noche.

Te sientas a cenar, miras la carta. Risas por aqui, risas por allá. Y todo parece ir bien. Pedimos la bebida, muy bien. El sitio muy bonito, grande, decoración acertada. Perfecto. La noche pinta bien. Pero los problemillas empiezan cuando servimos el vino a todos en las copas y vaciamos las dos botellas que habíamos pedido de entrada. Entonces claro, pedimos dos botellas mas…

Dos botellas mas…

Dos…

Botellas…

¡Coño que queremos beber!

Tras unos 15 minutos esperando a que nos trajeran las botellas de vino a la mesa, y con todas las copas ya vacías y los platos de comida llenos, llega nuestro super héroe de la noche. Lo mejor fue cuando nos dice que no encuentran las botellas de vino. Para mas señas, diré que era un italiano el restaurante, y el vino, un lambrusco. Vamos, parece cachondeo. Mira que no encontrar botellas de lambrusco en un restaurante italiano, manda cojones. Es como entrar en una quesería y que te digan que no encuentran el queso.

Tras un pelín de mal genio generalizado, aparece nuestro amigo el camarero con dos botellitas de lambrusco, y para hacerse el gracioso nos dice que ha tenido que meterse en la cámara y bucear para encontrarlas. Juas juas, me parto y me troncho. Está bien, vino en la mesa, comida en los platos, ¡continúa la noche! Antes de que se vaya de nuestro lado, le decimos que nos saque una tercera botella pues debido a la tardanza para que así tengamos una de reserva. He de decir que ésta botella nunca fue sacada.

Continúa la cena. Comemos nuestros segundos platos a compartir. Dos fuentes o tres, no recuerdo de pasta, una pizza y un calzzone. Todo rico rico. Muy rico. Pero, resultó escaso para todos los comensales. Con lo que decidimos llamar al camarero avispado y pedirle dos nuevas pizzas porque nos habíamos quedado con hambre. Los llamamos, se pasea. Va, viene. Y por el camino, se entretiene… Y por fín, pedimos las pizzas nuevas. Vamos bien. Mientras tanto, el vino vuelve a terminarse y la tercera botella en discordia nunca llegó. Por lo que le decimos al camarero que nos saque otras dos botellas.

Y esperamos. Un ratillo. Vemos postres pasar, tenemos ganas de postre, de beber, de dejar al camarero ya en su trabajo y largarnos. Y aparecen las pizzas. ¡Sorpresa! No son las que hemos pedido si no que son las dos mismas que ya nos habíamos comido antes. Joe, a discutir de nuevo con el camarero. Él, que son las que hemos pedido, nosotros, que sí, que las habíamos pedido pero que ya nos las habíamos comido y que habíamos pedido dos nuevas. Él, cara de no creernos, nosotros enseñandole los platos de las pizzas con los restos que habíamos dejado. En fín, increíble. Él, apela a su resaca y su malestar por haber salido el día anterior, nosotros, riéndonos del cuénto que nos está contando. Comenzó ahí un debate que si había bebido mucho, no había follado el camarero, en fin, cosas del alcohol. Para no esperar más, decidimos comernos las dos pizzas repetidas en lugar de esperar a que nos sacaran las nuevas.

Comemos, bebemos y terminamos. Queremos los postres, pedimos los postres rápidos y el café a la vez  para que no tarden tanto. La copa decidimos tomarla en otro lado. Don’t cries for me Argentina pide un tiramisú, lo cuál parece no oir el camarero y le vuelve a repetir que quiere un tiramisú. ¿Cuál fue el resultado de ésto? El camarero trajo dos tiramisú… Le dice mi niña que sólo habíamos pedido uno, y el señor dice que no, que dos. En fin.

A todo ésto, los cafés no vienen. No vienen…. El camarero está desaparecido. Están recogiendo todo el restaurante. Cambiando mesas. El postre terminado, el café sin venir. Don’t cries for me Argentina se levanta y se va hasta la puerta de la cocina buscando al camarero, no aparece. Ni él, ni los cafés. Entonces decidimos pasar de los cafés y pedir la cuenta a otro camarero que pasaba por allí, y nos atiende una chica muy resuelta. Le decimos que llevamos como 20 minutos esperando los cafés, que nos los anulen de la cuenta, pero que nos las traigan ya. Aparece otro camarero que dice que va a ver que pasa con los cafés. Le decimos que tiene 2 minutos para solucinarlo o nos vamos. Los cafés aparecen por la escalera con nuestro nuevo camarero, mientras que el anterior no se digna ni a bajar y dar una explicación de la tardanza. Los nuevos camareros resuelven la papeleta del enfado. Inmediatamente, pedimos la cuenta y con unas risas generalizadas y el cachondeo del trato recibido, aparece nuestro camarero primero, el listo, y en lugar de pedir discúlpas o no se, decir algo educado a modo de solucionar el problema, el muy gracioso se pone chulito y no acepta sus errores de la noche. En fín, apaga y vamonos que nos vamos de fiesta.

Una noche estupenda. No diré el nombre del restaurante porque sus compañeros al final salvaron la situación medianamente. No lo diré porque es la primera vez que vamos a ese sitio, y no es justo juzgar un lugar entero por una mala noche de un camarero. Pero desde luego, ese sitio, entre los 11 que fuimos a cenar allí, desde luego no tiene buena publicidad por nuestras bocas. Habrá que esperar a segundas opiniones.