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El Renglón Torcido

 

Uno piensa que el tiempo le hace fuerte. Que el pasar de los segundos, las horas, los días, los meses van poniendo las cosas en su lugar, para dejar paso a un nuevo amanecer. Evidentemente, lo hace, porque las cosas ya no se ven como el primer día. Pero la verdad es que me gustaría que el tiempo pasara mas rápido.

Una celebración de algo tan maravilloso como el pasar de este tiempo del que tanto hablo, como es un cumpleaños. Algo alegre, de reunión, de risas y cachondeo puede tornarse en una noche aguada en lágrimas de la manera mas sencilla. ¿Por qué? Me divertí, me reí muchísimo, y bebí, quizá demasiado para hacer frente con dignidad a los sucesos o a las situaciones. Quizá con un poco menos de alcohol en las venas hubiera podido estar con la cabeza bien alta y con la fortaleza que voy construyendo día tras día. Pero la cabeza no pudo mantenerse arriba, ni la mirada fijada. Y mucho menos la fortaleza aguantó la batalla, y encontró una vía para ser derribada.

No estoy orgulloso de ello, aunque tampoco hay arrepentimiento. Tal vez pueda pensar y lo pienso que no fue el momento adecuado para que pasaran las cosas que pasaron, pero a veces las cosas no se pueden controlar. Los encuentros fortuitos pasan, los sentimientos afloran en el momento menos pensado, y se desata el temporal.

Subí a Pamplona con el pensamiento de que iba a pasar. Lo sabía. No era la primera vez que me pasaba, y otras veces había acertado. Y mi pensamiento y mi creencia se convirtió en certeza reafirmada por un individuo que hoy celebra su cumpleaños y ayer lo festejábamos en las calles.

Soy visceral, y no me suelo controlar. Y mucho menos si hay alcohol de por medio. Sí, lo reconozco, lloré hasta no poder soltar una lágrima mas. Lloré por los recuerdos, por la situación, por el momento. Lloré por la rabia, por la compañía y por que sí. Lloré hasta el final. A ratos en soledad, otras en compañía. Gracias a los que me aguantaron,  y sobre todo perdón por tener que aguantarme. Pero hay veces que es difícil seguir adelante sabiendo lo que se ha dejado detrás.

Pensé que no volvería a hablar de ésto en el blog. Lo pensé porque me hice una promesa de no volver a hacerlo, pero hoy sinceramente me da lo mismo. Una promesa que me hice a mi y que hice a alguien, porque muchas veces no era sólo lo que yo podía llegar a escribir sino los efectos secundarios que tenían mis palabras a posteriori. Pero hoy, repito, rompo la promesa y me da igual.

Me da igual porque tengo un nudo en el estómago desde ayer por la noche y los nudos los desato aquí mientras escribo. Y ese nudo es rabia por ver que el paso del tiempo ayer no me sirvió de nada. Y no me gustó, en absoluto. No me gustó volver a verme así. No me gustó que me tuvieran que ver así. Y sobre todo, no me gustó porque sinceramente no se quien o cuántos pudieron verme “perder los papeles”. Pero principalmente me sienta mal pensar que después de cinco meses, algo tan tonto pueda hacer que termine como terminé ayer.

Lo que está claro es una cosa. Mi cabeza piensa que va a un ritmo mientras mi corazón va mucho mas despacio. Y ésto si me da rabia. Lo que yo pensaba mas o menos superado y cerrado en una carpeta a parte volvió a felicitarme el nuevo año. Ese que felicité hace exactamente 15 días con un silencio por respuesta.

Pero a la vista de lo sucedido ayer por la noche, parece que éste 2012 tambien va a ser movidito.

 


 

El Renglón Torcidon

 

En mis fiestas son niños los que lloran, no niñas.

Es mas, incluso en mis fiestas soy yo muchas veces el que llora.

No es difícil encontrarlos, mas bien todo lo contrario.

No hace falta buscar, aparecen.

Llantos de bebé, desconsolados.

De los que acaban con congoja, papel del baño ya que los pañuelos de papel no son suficientes, y posterior hipo y rojeces en los ojos para terminar el cuadro. Lágrimas por ese cuadro rojo que se rompió.

Por otra parte, llantos en sueños.

Sin lágrimas, secos.

Perturbando un descanso de un guerrero de la noche. Se estremece, grita, hablar, se retuerce, sin descansar. Sobre las sábanas de la cama, bajo el edredón. Inquieto, nervioso, intranquilo… Morfeo ésta vez no le echa una mano meciéndolo en sus brazos. Simplemente tormentas sacuden sus pensamietos, convirtiéndolo en otro niño que llora en mis fiestas.

Aunque si los buscas, siempre aparecen mas donde menos lo imaginas.

Y éstos que aparecen, son los peores. 

Ya verás.

Son aquellos niños que rabian cuando lo pasas bien, aquellos que les gusta llamar la atención a la mínima de cambio. Aquellos que sintiéndose de menos quieren hacerse de mas de cualquier forma, aunque sea llorando en las fiestas de los demás.

¿Los conocéis? Seguro que todos conocemos a algún niño que llora en nuestas fiestas.

Si, no hay niñas que lloran en fiestas porque en mis fiestas casi siempre se llora por o con niños. Es lo que tiene ésta vida caprichosa. La cuestión es que hay que tratarlos como eso, como niños. Rabietas como las que tienen mis sobrinos hoy en día, perdonables en elllos con seis y cuatro años; pero inexcusables en adultos con oficio y beneficio. Pues si la actitud es de niños, ejerzamos como con los niños.

Si hay una rabieta, indiferencia.

Si hay dos, adiós.

Si hay tres… ¿Te la meto del revés?

No…

No hay que permitir mas alla. Porque como nos capte la atención haremos niños malcriados de los que te montan el pollo en cualquier ocasión.

¿Se les pone un chupete para que dejen de llorar?

Mejor una patada en el culo y que aprendan que en la vida, se llora, por supuesto, como el que mas. Lloras, te desahogas, respiras, te miras… Y un abrazo para compersar las pérdidas de líquidos. Un abrazo grande, de los que me gustan. Pero aparte de éstos lloros, ninguno mas está permitido.

Ningún niño llorón.

Ninguno.

(Por cierto, el de la foto es mi sobrino, el de cuatro años. Guapo, eh…)


Dormir sin mas.
Sin pensar, sin mirar.
Simplemente cerrar los ojos.
Y descansar…
Volar, entre la oscuridad de la noche.
Libres, sin cargas.
Sin lastres.
Volver a soñar.
Dormir sin llantos, sin angustia.
Abrazados sin brazos.
Mojados en agua.
Secos de lagrimas.
Y descansar…
Ni recuerdo, pero ni olvido.
Ni pienso, ni te pienso.
Ni yo ni tu.
O tal vez yo?
Aunque tal vez tu…
Sueño, te sueño.
Aunque ya ni en él soy feliz.
Estos se tiñen con un halo de amargura.
Sin descansar.
Un dia mas.
O uno menos para el final.
Un sábado en casa, mañana, mejor, para no recordar.
Un dia especial?
Tal vez lo fue, aunque ya que mas da.
No siento, lo siento. Me siento.
Me siento sin verte pasar.
Me siento a esperar?
Prefiero caminar…
De la mano de ti que no estas.
Y de ti, y de ti, y de ti mas.
Hoy quiero dormir.
Dormir profundo.
Volar.
Reír.
Volver.
Seguir.
Correr.
Saltar.
Dormir sin despertarme.
Sin dolor.
La una, las dos, las tres.
Las cinco, las siete otra vez.
Hasta cuando?
Sin dormir.
Sin ti.


Ayer fué un día divertido. De esos en los que a pesar de tener movimiento en el trabajo y parar poco, pues uno se lo pasa bien con los compañeros, riéndonos de tonterías, y lo que es mejor, haciéndolas. Además, era viernes, y no un viernes cualquiera. Un viernes de fin de teléfono rojo. Así que tocaba celebrarlo.

No, no penséis que la celebración consiste en un pedo descomunal para hoy levantarme con una resaca del mil. No. Solo consiste en apagar el móvil rojo, y disfrutar de una cervecita bien fría sentado con el individuo que corresponda y hablando de chorradas. Y así fue. Toco Las Vegas, como es habitual y la cervecita sentó genial.

Después de nuestro relax, nos propusimos a dar nuestra vuelta de rigo por las tiendas en busca de mi vaquero perdido. ¿Y que es lo que pasó? Que con el subidón de fin de guardia, y con dinerito en el bolsillo, uno no puede ir de compras. Así que el vaquero que tanto tiempo llevaba buscando, lo encontré. Pero es que además me encontré con un abrigo tan tan tan tan bonito, que no pude dejar de llevarmelo, ademas de un jerseicito, que oye, que aquí en Pamplona ya empieza a hacer mucho fresquito.

Así que contento con mis compras, y Las Vegas contento con las suyas, ya que le vino un abrigo estupendamente, nos fuímos a casita. Una cenita de viernes, y al sofá a descubrir los secretos que guardaba la tele de viernes noche.

Y los secretos fueron, que entre ver a Belén Esteban gritar a Massiel, y ver a una supuesta amante del marido de la Esteban, encontré “21 días en el vertedero”. Por cierto, y un inciso. Eso de que un personaje se pase gran parte de su tiempo televisivo opinando mal de la vida de alguien y que luego, cuando lo tiene delante sea la abuelita paz, pues como que no mola. Si tienes cojones para criticar a las espaldas, ten los mismos para decirlo a la cara, ¿no? Pues eso, Massiel.

Bueno, que no es el tema. Puse 21 días en el vertedero, la nueva temporada del programa, con una chica nueva, Adela Ucar. ¡En buena hora lo dejé! Yo con mis bolsas de la compra en casa, después de haberme gastado los cuartos, me tocó ver com familias enteras se dedican a buscar entre la basura, mierda, para poder sacar algúna Córdoba, para poder ir a comprar algo para comer. Y después de eso, ver como volvían a ir a trabajar, para ver si ganaban alguna que otra monedita, para poder tener algo para cenar. Y así, día tras día, y semana tras semana. No se como lo aguantó la reportera. Bueno, si lo se, a base de diarreas, picores, lloros, picotazos de alacranes, etc.

Es duro ver en la televisión lo que no estamos acostumbrados a ver, y de esa manera. Está claro que no tiene nada que ver que yo me gaste mi dinero que gano currando como cualquier otro en mis cosas, con que luego vea en la tele las miserias del mundo y me sienta mal. Pero la realidad es dura, y se te encoje el corazón, o el estómago. Me hizo llorar, al ver a un niño que no sabía la edad que tenía y que era adicto al pegamento. Su madre murió y su padre vendió la casa y se fué, dejándolo en el vertedero. Una chica de 29 años recibía un machetazo que le atravesaba un pulmón al lado del corazón, y a los dos días la mandaban a casa del hospital, con un drenaje en el torax y sin ninguna atención mas. ¿Que será a día de hoy, mientras escribo éstas líneas, de ellos?

Pero tambien me hizo llorar el ver como a pesar de todas las penurias, en el último día de estancia de Adela, todos lloraban porque se marchaba. La familia que la había acogido la abrazaban pensando en si la volverían a ver, supongo que Adela pensaría lo mismo. Una de ellas estaba embarazada de seis meses. A la niña la llamaría Adela, ya que fue ella quien la acompañó a hacerse una  ecografía…

En fin. La verdad es que hacer un programa así tiene que ser muy duro, porque ¿como te enfrentas a tu realidad después de haber visto/vivido en esos 21 días?

No lo entiendo, la verdad. Pero enhorabuena Adela.


 

Hay veces que es mejor decir las cosas tal cuál son. De vez en cuando nos guardamos cosas bajo la manga, unas veces consciente y otras insconscientemente. Las que se hacen conscientemente hay que tener mucho cuidado de cuando, por qué, como y con quién se guardan para no meter la pata. Esas no me preocupan, porque no son habituales en mi.

Pero las incoscientes… Ay las incoscientes, esas si que hacen malas pasadas. ¿Y por qué? Porque sin darte cuenta puedes crear situaciones incómodas en la gente que te rodea. Y esas cosas pasan.

Cuando sienta algo, lo diré… Te lo diré… Cuando pase algo, lo diré… Te lo diré. Siempre serás la primera persona en saber que hay algo más… Te lo diré. No lo dudes, será así. Confía en quien tantas veces confiaste y salió bien. Confía en quien alguna vez confiaste y salió mal… Errar es humano, rectificar tambien lo es.

Ante circunstancias extrañas se comenten actos extraños. Sin pensarlos, pero se comenten. No están ni bien ni mal, sino hechos y punto. Si no digo cosas, no es porque no quiera decirlas. A veces es porque me cuesta que sean oídas por ciertas personas.

Pero sobre todo, si no digo mas cosas es porque no hay mas cosas que decir. Quien bien te quiere, te hará llorar. Yo no quiero llorar mas, no es el caso. No quiero que se me pongan los ojillos rojos como hace poco me han dicho, porque realmente no creo que tengamos motivos ninguno para hacerlo. Los tiempos malos quedaron atrás.

Así que es lo que cuento en éste renglón. Hay veces que las ideas que van a salir por la boca pasan por el filtro del corazón, haciendo que éstas se modifiquen y se adecúen al receptor de esos pensamientos. Reñiré al corazón para que no filtre tanto, porque hay veces que la filtración, siendo involuntaria, no es buen mecanismo.

Pero sobre todo, te lo diré…


 

 

Quizá muchos no entiendan el por qué de ésta entrada.

Aunque igual piensan muchas veces eso al leer cosas que la mayoria de las veces no tienen sentido. Es un video triste, demasiado triste. Pero digno de ponerlo. No recuerdo la fecha en que se emitió, pero si me guío por cuando se colgó en youtube, y por lo que he podido averiguar buscando, nos remontamos al 9 de diciembre de 2008.

9 de diciembre de 2008, 10 de julio de 2010, como hemos cambiado…

O mejor dicho, como han cambiado las circunstancias. Si alguien espera próximamente entradas alegres, graciosas y con chistecitos, le aseguro que no las va a encontrar. Ha pasado un año y ocho meses desde que vi esa escena por primera vez, y desde que oí esa canción acompañando las imágenes.

No las vi solo, no estaba solo en casa. Lloré como nunca, lo hice con congoja. Soy así, llorón por naturaleza así como mi hermana. Herencia paterna. Aquella noche alguien me acompañaba, me veía, me consolaba. Como decía el video que colgué en la entrada de ayer, cuando lloras a solas, me muerdes el corazón.

No puedo creer que todo haya cambiado para siempre. Me niego a pensarlo porque el mero hecho de hacerlo hace que se me rompa el corazón, sabiendo que yo he roto otro… Ahora mismo todo es como una pesadilla, de la cuál quiero despertarme algún día. Pensar en un futuro en el que estemos sentados alrededor de una mesa, con un café entre manos y recordando en cuanto hemos tenido que andar para llegar hasta ahí.

Aquella noche, aquel diciembre del 2008, apenas hubo diálogo. Solo gestos, miradas y alguna que otra palabra de consuelo. No hacía falta nada más. Bastaba el hecho de estar. Éstas noches de julio de 2010 son todo lo contrario. No hay gestos, no hay miradas, si hay lágrimas pero de cara a la pared.

El fondo no ha cambiado, los corazones siguen latiendo al unísono.

Eso lo se, porque lo siento. Todo lo demás es gris.

Quizás bastaba respirar, solo respirar, muy lento.  

 

 

 


   

 

2400 ¿Qué? Pues dificultades, ausencias, malentendidos, segundos. Llamadas, mensajes, risas, llantos. Pasitos, confidencias, cuchicheos y secretismos.

Es francamente difícil no compartir un día a día. No saber si hoy amaneció gracioso por naturaleza o es de los días en los que duele algo y sólo te enteras al final del día, por casualidad y metiendo la pata. No se comparte ni un recuerdo de un olor, ni un recuerdo de un roce, ni tan sólo de un gesto concreto en un momento determinado.

2400 situaciones basadas en palabras, escritos, pero vacías de vivencias conjuntas físicamente. Creo que ésta es una de las entradas mas complicadas de plasman en palabras de las que he podido escribir hasta ahora. Y es así porque hay un nada alrededor que lo llena todo en exceso.

Me llama la atención como alguien en concreto puede llegar a conocer simplemente por el tono de voz cuando lo único que ha hecho es escucharte durante meses y meses y mas meses. Es sencillo si lo tienes cerca, y con solo una mirada te hace una radiografía perfecta de arriba a abajo. Pero cuando ni siquiera hay eso, solo ondas que viajan a través de los kilómetros, que llevan tu voz allá donde estés y te pregunten ¿Que te pasa, que se que no estás bien?

Cuando de repente alguien aparece en el horizonte, y sientes que ese alguien tiene y debe formar parte de tu día a día, no puedes dejarlo pasar. A pesar de que ese día a día hasta ahora nunca ha sido físico, és, que es lo importante. Ni siquiera se si eres mas alto o menos alto que yo. Ni cual es tu forma de andar, ni como son tus gestos. En este punto hemos pasado de un mensaje impersonal, a algo mas personal.

Llevas conmigo desde no recuerdo cuando. Apareciste, o “te aparecí” sin querer, por equivocación. Bendita equivocación. Mas bien por despiste. Y desde entonces has llenado muchos silencios, y muchas soledades hasta el punto de reconocer cosas que poca gente puede aunque sólo sea después de descolgar un teléfono. Durante todo éste tiempo hemos compartido muchas risas e ilusiones. También llantos y enfermedades. El señor congestionado pasó a formar parte de mis oídos, y todo sin un nada.

Hace poco te dije que no sabía como rematar tu presencia en el blog. Y sigo sin saber hacerlo. Hoy no te encuentras bien y yo tocándote las narices. Cosas así hacen que me de muchísima mas rabia de lo que ya me da, que haya 2400 razones por las que no pueda meterme contigo mañana y decirte “¿nos tomamos una caña?”.

Pronto, espero, y a pesar de, éstas líneas tendrán una conclusión mejor. Por lo menos será mas redondo de lo que hasta ahora es. Porque creo que llegará en el momento oportuno, y porque hace falta ya poner un escenario a algo que comenzó con un simple despiste de un renglón torcido, y que ha acabado en una bonita historia de (por que no), llamémosle amor.

2400 km, 1 mes, 26 días.