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El Renglón Torcido

“… tu sonrisa para sonreir…”

Hay cosas que no se pueden explicar al detalle.

Porque no vienen a cuento, o porque entran dentro de lo mas profundo de uno mismo. Aunque si nos ponemos a buscar metáforas y simbolismos, seguro que hay manera de escribirlo entre renglones torcidos.

Hoy mientras conducía para ir a trabajar he sonreido. Es mas, y lo explico mejor. Me he descubierto a mi mismo de repente, sonriendo mientras esperaba a que el semáforo que estaba en rojo se cambiara a verde.

¿Y por que sonreía?

Si, pensaréis, ¡ay, un tonto enamorado!

Pues algo tiene que ver, por supuesto. Y es que mientras uno disfruta del placer de la conducción, que es mi caso, la mente va por derroteros que a veces son difíciles de controlar. Ya no son sueños que aparecen de noche. Éstos por supuesto, son incontrolables. Sino que son sueños de día, pensamientos que aparecen delante de ti, sin darte cuenta de que tu mente estaba con ellos.

Y sonreía porque sí, soy feliz.

Y sonreía por los momentos compartidos con esa persona que, redundando, comparte sus momentos conmigo. Por los momentos tontos, que todo el mundo tiene cuando nadie los ve. Esos espacios de tiempo en los que piensas que si en ese mismo momento te estuvieran grabando, la extorsión que podrían llevar a cabo con esas cintas.

Porque sí, porque todos en un momento dado hacemos el imbécil y mas con la persona con la que te muestras como eres. Sin complejos y sin miedos, aunque quizá a veces con cierta vergüenza. Pero son esos momentos  los que te provocan carcajadas sin sentido, que te desvelan de una noche avanzada y que hacen que mientras estés en un semáforo, te descubras sonriendo.

¿Que fué lo que hizo sonreir?

Eso, por supuesto, me lo guardo para mí.

Supongo que muchos de los que os perdéis entre mis líneas, sabéis de lo que hablo.

Conocéis esa sensación.

Pero ahí lo dejo, porque ahí lo siento.

Quizá esa sensación sean las mariposas que revolotean en el estómago. Esas que nacieron una vez y que es bueno recordar, cada cierto tiempo, que siguen estando bien vivas y bien fuertes en mi interior.


 

Círculo de bellas artes

Las tardes de invierno por Madrid

 

¿Donde se fueron “las tardes de invierno por Madrid” y “las noches enteras sin dormir”?

¿Presiento que se acerca el final?

“Estoy cansado ya de inventar excusas que no saben ni andar.

Y hoy solo quiero creer…”

¿Que creemos?

Hay veces que es mejor no creer, sino vivir con las certezas de lo que sabemos. Aunque a veces esas certezas sepan a café con sal y den ganas de llorar.

La vida no se trata de ganar o perder, que mas da eso cuando lo que la realidad nos dice es que perdemos cosas por nuestro camino. Cosas que se quedan atrás mientras los días pasan sin más.

Sin mirar atrás.

¿Y las noches de invierno por Madrid? ¿Puedes contar conmigo?

Hay veces que una determinada letra de una canción que has podido llegar a oir mil veces, de repente un día la escuchas de manera diferente. Y encaja en la banda sonora de tu camino. Donde encuentras señales de las que hablé recientemente.

Señales que hablan de recuerdos, de noches sin dormir, de morir de amor. De verte esperando en mi portal.

La vida pasaba.

“La vida se pasa y yo me muero, me muero por ti.”

Esa vida que guionizamos en una dirección y ella se empeña en llevarnos por donde le de la gana. Tratamos de hacer películas bonitas, aunque muchas veces se tornan tristes llenas de dulces locuras que hacen que paguemos condenas.

“Vendo dos entradas caducadas que eran de segunda fila y que en la vida romperé.” 

“Vendo dos butacas reservadas hace siglos que ahora creo que en la vida me senté.”

  

 

Las ganas de llorar tal como vienen se van, dejando  un rastro rojo a lo largo de las mejillas que el tiempo hace desaparecer para no dejar una nueva huella de la desgracia.

Los momentos se distancian en el tiempo, llegando a tornarse recuerdos amargos que aparecen en la memoria en el momento mas inesperado. No hay sueños, no hay realidades. No hay nada. No hay un mundo a nuestros pies. No hay baldosas amarillas por donde caminar que sean estables. Todas se mueven.

Pero hay música.

El director comenzó a tocar, y los pies empezaron a moverse. Notas que nos llevan a canciones que recuerdan historias. Canciones que decoran un día tras otro. Y a cada momento te hacen pensar que eres afortunado, no porque lo que suceda pueda llegar a ser bueno o malo. No.

Afortunado porque suceden.

Y si siguan sucediendo es que sigues estando vivo.

 


Dónde están los planes por hacer?
Dónde se van los planes que caen en el olvido?
Hay un cielo para los planes no realizados?
O tal vez un infierno?
Empezamos por uno, continuamos con otro. Aunque con calma y sin pajaritos en la cabeza. Pero comienzan a llegar sin darte cuenta. Aparece un viaje por hacer, un sitio por descubrir, unas páginas por escribir adornando nuevas imágenes de tu vida.
Nuevos horizontes…
ROTOS en pedazos…
Y donde irán si no los veo. Donde están si no fui tras ellos.
Donde fueron si me cambiaron el camino por el que yo caminaba seguro hasta tropezar.
Al cielo o al infierno…
Curioso el infierno, que es rojo…

P.D: odio escribir desde el iPhone porque no tiene signos de interrogación…


Señales o casualidades…
Señales o traición del subconsciente…
Misterios de la mente.
Mas bien, recuerdos.
La cabeza nos engaña en cuanto tiene ocasión:
Obras de teatro, libros, principitos y otros cuentos… Apellidos, Sancho panza, y otros relatos.
Galerías de arte, Torres y patios…
Y después nada.
Señales de que. Señales de nada.
No hay decisiones que tomar.
No son señales, son recuerdos.


Adele

 

“¿Cuándo te veré de nuevo?

Te fuiste sin despedirte, ni una sola palabra dijiste. Ni un beso final para sellar ciertas grietas.  No tenía ni idea del estado en el que estábamos metidos.

Se que tengo un corazón inestable y disgustado, y una mirada distraída y una pesadez en mi cabeza… Pero,

¿no te acuerdas?

¿No te acuerdas de la razón por la que me amaste antes?

Cariño, por favor, recuérdame una vez mas.

¿Cuándo fue la última vez que pensaste en mi? ¿O es que me borraste completamente de tu memoria? A veces pienso sobre donde me equivoqué, y cuánto mas lo hago, menos sé.

Pero… ¿No te acuerda? ¿No recuerdas la razón por la que me amaste antes?

Cariño, por favor, recuérdame una vez mas.

Te di el espacio para que pudieras respirar. Mantuve la distancia para que pudieras ser libre. Espero que puedas encontrar la pieza que te faltaba, para traerte de vuelta a mi…

Cariño, recuerda que me amaste.

¿Cuándo te veré de nuevo?”

 

Adele, “Don’t you remenber”


mago de oz
“… mirar a mi lado, agarrarme de una mano y seguir caminando.”

Hoy he recordado un caparazón que antiguamente vivía conmigo. Lo tenía a mi lado, por si tenía que guarecerme en él rápidamente. Lo limpiaba con esmero, lo lavaba, lo pulía… Era  mi caparazón.

Cuando algo me dolía, corría rápidamente a él, para evitar seguir sufriendo. Me valía de él para protegerme de los obstáculos que me encontraba en mi caminar por  baldosas amarillas… Era mi caparazón.

Muchas veces traté de dejarlo en casa, de vivir sin él experiencias nuevas. Cuando unas mariposillas comenzaban a revolotear dentro del estómago y hacían cosquillas el corazón. Ese era un buen momento para comenzar a vivir sin él. Pero la mayoría de las veces que las mariposillas venían, tal cuál comenzaban a morir producto de elementos tóxicos para el corazón. Y conforme veía que las dulces revoloteadores iban desapareciendo, más ansia tenía por volver a mi casa y refugiarme de nuevo en él… Era mi caparazón.

Siempre era, lo fue y será. Pero ahora en el presente ha pasado a formar parte de los objetos del desván. Desde hace un tiempo consiguieron que lo abandonara para no volver corriendo para refugiarme en él. Las mariposillas volvieron y con fuerza, para no marcharse mas. Encontré a la persona que aprendió y leyó el manual para el perfecto cuidador de mariposas, para ponerlo en práctica. Y el resultado es que las mariposas siguen, y de vez en cuando descubres que una nueva comienza a aletear de nuevo.

¿Y mi caparazón? Lo tengo guardado bajo llave, lejos de mi vista, para disfrutar lo que estoy viviendo ahora sin precauciones. Sí, sin precauciones. Porque no me hacen falta. Porque se que no tengo obstáculos delante mientras camino con mis zapatos de rubíes hacia la ciudad de esmeraldas. Y porque se que si un día hay un obstáculo, lo único que tengo que hacer es mirar a mi lado, agarrarme de una mano, y seguir caminando. Para eso no es necesario el caparazón.

Un Sr. Pintor, pinta mariposas por donde quiera que vaya. Pinta puntos rojos donde quiera que mire. Sueña historias llenas de sonrisas para compartir. Vivimos sin miedos, felices, seguros. Aunque en el fondo del corazoncillo uno siempre tiene el miedo de que cuando todo marcha bien, algo puede salir mal. Pero sinceramente, no viviré pensando en eso.

Siempre recurro al destino, el destino que mi amiga Naiara me cantó en una de las primeras canciones que oí a través de su magnífica voz hará unos 14 años. Y ese destino un día me puso al lado de un Sr. Pintor, que yo ignoré. Y volvió a ponerme al lado del Sr. Pintor, y fuí un chulo… Pero el destino volvío a ponerme a su lado, y desde entonces seguimos así.

Juntos, al lado.

Llenos de puntos rojos donde quiera que miremos.

Un punto rojo, es un te quiero.


César Sancho

 

“Estoy plantando un árbol

Y lo llamaré:

Silencio.

Si lo veo crecer, lo llamaré

En Silencio.

Cuando coja sus hojas con mis manos,

Le diré:

Hola Silencio.

Si se le cae una hoja,

la guardaré en mi caja de sonrisas,

para que no esté triste.

Cuando le salga una nueva,

la miraré y guardaremos;

Nuestro silencio.

Quiero que tú;

Silencio.

Éches raices en mi vida,

y si estoy triste o alegre,

me dejes abrazarte, para sentir;

Tu Silencio.

Quiero ser un fruto de tus flores,

que para mí, será tu corazón,

y sentirlo con el mío,

solos Tú y Yo;

En Silencio.

Cada día te regaré con mi vida,

para que tú;

Silencio,

no te seintas sólo.

Y si no estoy,

Recuerda,

que te planté, te abracé

cogí tus hojas y las guardé…

Y sobre todo;

Silencio…”

C.S.