Archivo mensual: enero 2014

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Dos mini hamburguesas, dos huevos fritos. Aceitazo, pan, salsa barbacoa, salsa picante…

Cena ligerita para antes de ir a dormir.

Pero si lo pongo no es porque me arrepienta de haber cenado eso anoche. ¡¡¡En absoluto!!! De hecho es una felicidad cenar eso… Claro que la compañia tambien cuenta, como no. Lo que pasa es que uno, después de cenar todo eso, y cuando el despertador del Sr. Pintor suena por la mañana para levantarse, comienzan los remordimientos de conciencia. “Bufff, voy a tener que levantarme para ir al gimnasio” “vaya sufrimiento, ya si eso me levanto mañana y voy que hoy tengo mucho sueño” “que no, marica, mueve el culo y levántate que ya te vale, que llevas mucho tiempo sin coger la rutina” “jooooooooooooo, pero por que hoy, que hace mucho frío fuera y lo calentito que se está en la cama”

Ésto es sólo un estracto de las conversaciones que mi cerebro tiene conmigo mismo a las 6 de la mañana, en el transcurso de tiempo que hay desde que el Sr. Pintor se levanta y viene a despedirse de mi antes de irse a trabajar. Digo que es sólo un estracto, porque os aseguro que mi cabeza da para mucho mas a esas horas de la mañana.

Pero llega un momento crucial, y es ese en el que el Sr. Pintor me pregunta entre tinieblas y así con esa luz como la que se ve en la foto “¿te dejo la luz encendida? ¿vas a ir al gimnasio?”

¿Que responder a eso?

¿Voy o no voy? ¿Es locuraaaaaa….. o frenesí? (ésto último es paranoia homenaje a la gran Lina Morgan y sus teatrillos de cuando era chiquillo)

Sigo.

¿Voy o no voy? La respuesta en 3, 2, 1. Pues venga que sí voy.

Siendo las 6:17 de la mañana, espero entre sábanas a que den las 6:30 para levantarme en una lucha titánica entre mi voluntad y el calorcito de mis sábanas y la pesadez de mis párpados. Lucho para no volver a dormirme, aunque a veces de cabezadas de poco mas de minutos porque sigo controlando el reloj. Es curioso ésto del cerebro, porque aunque me duerma un poquito me vuelvo a despertar y nunca mas tarde de la hora marcada.

Y allá voy, entre pensamientos de ‘levántate vago que llevas una racha…’, ‘ayer cenaste mucho y tienes que ir al gimnasio si no vas a llegar al verano con los huevos tapados por una lorza’ y un poquito de voluntad, termino levantándome.

Ale, al gimnasio.

Luego viene la otra parte, después de mi diciembre apoteósico de asistencia, vienen los avisos de mis gentes del gimnasio de ‘hace mucho que no vienes’, ‘debes unos cuantos días’, ‘esta semana para compensar tienes que venir todos los días’. Super Lara contenta de verme, Arantxa esperando que vuelva a usar su camiseta roja para ir a Zumba, Chelo sonriente porque otra vez volvemos a la rutina; Laura, feliz porque el grupo vuelve a ser como el que era… Y que digo yo, que vuelvo a estar contento de volver a estar entre ellos: con Jesús, Isa, Sara, Sandra, Luis… Así ya entre todos le damos el coñazo a SuperCarlos, que entre todos, y estando juntos, se nos da muy bien.

Y nada, hay que vuelvo casi con las legañas en los ojos, con dolores en todo el cuerpo de ayer, y ahora mismo con las piernas aún temblando de la paliza de hoy. Y ya pensando en que mañana tengo que volver a levantarme para ir, porque creo, que como no retome la rutina, la pereza al final podrá conmigo. Si no, ya veo que SuperCarlos al final me va a apuntar en la lista negra y no es plan.

No era un propósito de año nuevo el gimnasio. Ésto viene ya del año pasado, así que lo mantendremos durante el 2014. A ver si conseguimos que el verano que viene se nos vea con mejor tipín. Y si no, mientras tanto nos reímos por el camino.

 


El Renglón Torcido

Creo que no debería hacerme nunca famoso.

Lo creo a pies juntillas.

Evidentemente tengo mis razón que para asegurar la afirmación que acabo de escribir, y hoy la voy a compartir con aquellos que tengáis el gusto de leer estas líneas.

Si me hiciera famoso, sería carne de prensa rosa, de programas de cotilleo, de realitys de esos que ahora gustan tanto. Estaría todo el día de acá para allá dando por saco en la televisión hasta que todo el mundo terminara odiándome. O bueno, quizá con un poco de suerte, en lugar de odiarme todo el mundo, terminaría queriéndome como a la Belén Esteban.

¿Quizá sea el nuevo principito del pueblo?

¡Y es que me he dado cuenta que lo largo todo!

Hace justo ahora una semana que la exposición del Sr. Pintor se inauguró y por suerte (y tambien por supuesto, por que nos movimos para ello) aparecieron por allí una serie de periodistas a hacer preguntas, la televisión, etc. Una de las periodistas, de Diario de Navarra, concretamente, disfrutó de la exposición así como nosotros de su compañia. Y mientras el Sr. Pintor atendía creo que a la televisión, yo me dediqué a hablar con la periodista para que no se le hiciera larga la espera.

Pobre mujer, no sabía lo que se le venía encima. ¡Tremenda chapa la que le dí! No es que le contara la obra del pintor, sino que le conté la obra, milagros, hechos y desechos, anécdotas, contratiempos, destiempos y tiempos. Lo puesto, lo dejado, lo de más allá y lo de más acá; la talla de pantalón, el portal donde vivimos, el color del sofá y hasta que me gusta para comer casi.

Horroroso.

Yo no parando de hablar mas que para respirar y no morir en el intento. Ella venga que te venga a escribir en un pedazo cuaderno que no hacía mas que llenar de una letra practicamente indescifrable. A veces cuando contaba anécdotas tontorronas que se me ocurrían relacionadas con algún cuadro, veía que seguía escribiendo. Yo le preguntaba si eso que le acababa de contar lo iba a publicar. Ella me decía que tal vez. Yo le decía que eso no lo contara. Ella se reía. Yo me ponía rojo del calor que tenía.

Así sucedió.

Una incontinencia verbal, un montón de cosas dichas y ella sin parar de escribir. 

Una situación desbordada. Compareciendo ante la prensa, hubiera estado mejor mas calladito o mas comedido. Pero que se le va a hacer. Al final terminas hablando con todo el mundo, contando las historias que han llevado a que esos cuadros estén colgados como están, y a que ese altar tenga un significado mas allá de lo bonito que pueda resultar lo que halla encima.

Después de nuestra charla, y cuando el protagonista ya se quedó libre, yo me liberé de la presión de dejar de contar historias.

Historias que son reales, que son del día a día de acompañar al artista mientras crea sus obras. De opinar, de saber lo que en ese momento le está pasando por la cabeza o por sus manos. De por qué ha usado un color o ha dejado de usarlo. O de dónde se encontró esa caja que ahora forma parte de ese altar, o de donde están usados los papeles quemados que cogió de una pared de Roma y ahora formando parte de un cuadro.

Sus historias, las que yo conté a la periodista.

Mejor compartirlo que no guardarlo.

¿No?


El Renglón Torcido

Siempre mariposas…

¿Cuando vuelvo a escribir? ¿Sirve contar que hoy me voy a la exposición del Sr. Pintor o después de todo lo escrito en el blog, eso no tiene transcendencia? ¿Pero como no va a tener trasncendencia si es de lo que trata ahora mi vida? ¿Y por qué no contar que hoy comemos con la familia, porque ayer fue el cumpleaños de mi padre y justo ese mismo día comienza su etapa de jubilado? ¿O ésto último no le va a importar a nadie y no tengo que escribirlo? ¿O bueno, por que no contar que me río con la gente que me encuentro nueva en mis días, con las charlas de ayer en la Taska de Picasso con cuatro personas que tenía muchas cosas que compartir? ¿Pero eso es tan importante como para contarlo?

Así anda mi cabeza ahora, ¿escribo lo que me pasa o no lo escribo?

Y después de un rato pensando y debatiendo con mi propia persona, eso que tanto me gusta, pues decido que algo tengo que contar. Porque si allá por 2009 me servía contar y escribir una simple frase que me había hecho gracia en todo el día, y no le daba tantas vueltas a la hora de compartirla, ¿por qué lo hago ahora?

¿Me habré vuelto pudorosos? ¿O vago? ¿O vergonzoso?

¡Que se yo!

Creo que no debo de pensar tanto. Creo que cuando algo me pase en el día que sea digno de contar, debo volver a mi origen y escribir. Creo que si hoy me hizo feliz ver sonreír al Sr. Pintor porque se ve en el Diario de Noticias, promocionando su exposición, tengo que escribirlo. Y que si mi padre es feliz porque después de toda su vida trabajando, por fin puede descansar tranquilo, tambien debo contarlo.

¿Y que mas cosas? Pues todo lo que mi rutina por el camino de baldosas amarillas me traiga… Todo lo que me encuentre o me deje de encontrar. Todo lo que en un momento del día deje huella en mi desmemoriado cerebro.

No hay que darle tantas vueltas a qué contar o dejar de contar. Sólo hay que sentarse y escribir.

Sentarse y escribir.

Respirar.

Y dejar fluir.