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Poco a poco las cosas se van asentando, ¿lo ves?

Cuando parece que la vida se planta delante de ti como diciendo “a ver ahora por donde tiras…”, es en ese momento cuando siempre, no pueden fallar, las baldosas amarillas comienzan a brillar para que sigas el camino que ellas marcan.

Eso por si alguna vez las perdiste de vista. 

Casi ocho meses después me vuelvo a sentar para contar algo, aunque mi taburete ha intentado evitar que me sentara doblando sus patitas de metal haciendo que terminara con el culo en el suelo de par de mañana. Algo sencillamente reemplazable, cojo una silla y vuelvo tener mis dedos sobre éste teclado que tantas historias ha compartido conmigo. 

Hace poco, una semana en concreto, de charla tras una inauguración del Sr. Pintor, una personita Chechi-Liana recordó el tiempo en el que cada mañana en el trabajo miraban pendientes de si el renglón torcido seguía torcido y lo publicaba o si por el contrario seguía en silencio. Recordó tiempos pasados, casi prehistóricos, donde los sentimientos y las palabras no dichas sino leídas transformaban y dictaban los nuevos pasos a dar. El renglón torcido servía para transmitir entonces cosas que era incapaz de poder llegar a decirlas ante una mirada. Y al recordar aquello, me dí cuenta que nunca he dejado de ser un Renglón Torcido.

Recordé que me gusta escribir aunque no lo haga tanto, que me gusta plasmar lo que pienso y lo que siento aunque no lo haga a diario. Que tengo ganas de seguir contando historias aunque no siempre sean escritas. Durante todo este tiempo quizá mis historias volaran por otros cielos de diferentes colores, haciendo que ocuparan parte del tiempo que antes dedicaba a escribir. Quizá tenga que parar, mirar al suelo, volver a sentir el color amarillo que me lleva a la ciudad de las esmeraldas y comenzar de nuevo. O simplemente y quizá, ésta vuelva a ser una entrada aislada y no vuelva a escribir en otros ocho meses.

Sencillamente, no lo sé. 

Sólo se que hoy quiero escribir. Y lo hago porque como he escrito al inicio, poco a poco los caminos se despejan. Un camino cansado, difícil e indeciso. De no saber si encontraríamos nuestro lugar o si nos quedaríamos sí el. Si las circunstancias de la vida harían que nuestro anhelo de buscar nuestro rincón estaría al alcance de nuestros bolsillos o por el contrario tendríamos que dejarlo pasar. Días raros, en los que por la mañana teníamos una alegría y por la noche esa alegría caía de golpe al fondo del pozo. Días mezclados, de bajeras, pisos, reuniones, preparaciones y traslados. Días cansados, de amontonamiento de quehaceres y casi sin tiempo para respirar. 

Pero vemos la luz…

Y brilla fuerte, porque todo esfuerzo tiene su recompensa. Porque todo lo conseguido es merecido, y se merecería mucho mas. Porque cuando algo se lleva dentro no hay otra manera de que puedan ir las cosas.

Creo y siento que vienen años color esmeralda. Veo en el horizonte caminos que me gustan. Me gusta su luz especial, su fresco aroma y la dirección que toman. Y todo fruto de la dedicación, del respeto y de saber sonreír siempre ante las situaciones extrañas que la vida nos pone. Sabiendo siempre que tengo a mi lado a quien hace que esas sonrisas en los días nublados sean mas fáciles. 

Hemos conseguido mucho, más conseguiremos en el futuro.

Por ti.

Una vida entera.


 

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¿Por qué no hablar de cosas bonitas? ¿Por qué no contar las bellas historias que nos suceden a diario en lugar de esperar que suceda algo transcendental para venir a plasmarlo entre líneas de colores? ¿Por que esperar cuando la vida se pasa con cada latido, con cada respiración, al parpadear?

Cada segundo.

¿Por que no mirar que el camino de baldosas amarillas sigue bajo nuestros piés y no ha desaparecido en ningún momento? Pues entonces le haremos caso. Porque si te acercas a él, si desciendes y posas tus orejas sobre el suelo encantado, te susurra que lo estás haciendo bien. A través de suaves voces, te cuenta que tu destino de la ciudad esmeralda sigue allí, donde una vez lo pusiste. Donde una vez lo anhelaste. Donde una vez lo soñaste.

Mi camino ahora es más fácil. Mas hermoso. Mas colorido. Pintado con colores, en baldosas, el papeles, en momentos vividos junto a quién una noche fantasmal se cruzó en mi camino. Un Sr. Pintor sigue adornando con manchas soñadas las baldosas por donde piso. Enamorado, compartiendo y viviendo. Así es mi día a día.

¿Por que no contarlo?

Cuando hecho la vista atrás, cuando cojo mis renglones pasados. Cuando veo las tristezas escritas, sufridas y compartidas. ¿Acaso no merecen las cosas bellas ser fijadas en el tiempo? En un lugar, en un momento. En un hoy.

Y hoy es el día, donde no se si vengo o me voy. Pero aquí estoy. Hoy sigo aquí como un ángel gris. Descubriendo que hay mas verdad a través de los años que en todas las verdades juntas que te puedan contar en un momento. Sabiendo que lo forjado durante los años pasados da sus frutos a diario sin estar esperando bajo el árbol a que caigan.

Que no hay que buscar o correr, hasta desesperar. Simplemente estar, guardar y consevar lo que un día la vida puso a nuestro lado. La amistad se teje con hilos de cristal, siendo los lazos mas perfectos y hermosos que podemos llegar a imaginar. 

Hoy sigo aquí, con 33 años. Unos cuántos mas que cuando comencé mi andadura por los renglones torcidos. Con mas historias a mi espalda, pero con historias que hasta ahora quizá no sentía que debía contar. Sinceramente, no se si ésto será un hola que tal, vengo a quedarme. Eso lo veré conforme pasen los días. Pero sí es un “hola, estoy bien”.

A veces da miedo decir a viva voz esas palabras. Decir que soy feliz, que estoy bien puede dar por pensar que algo malo tiene que pasar. Pero tambien pienso que demasiadas cosas malas he compartido entre mis líneas para esperar a que pase algo malo y contarlo. Porque si miro al suelo, al final es el mismo camino que me ha acompañado siempre. Unas veces mas manchado que me impedía ver los colores. Otras veces mas claro deslumbrándome con su intensa claridad.

El destino es el mismo.

Sigo soñando.

Sigo volando junto a mis mariposas.

Acompañado.

Sigo rumbo al mundo de Oz.

Pero no en soledad.

 


El Renglón Torcido

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Prometí que no escribiría sobre él porque me causaba mas dolor del que en esos momentos podía aguantar. Me lo prometí y lo cumplí a rajatabla. Era una noche fría de invierno, mitad de diciembre, y los meses parecía que habían pasado en balde. Y yo, entre la gente, entre un montón de gente, sentía soledad. Y nosotros mientras tanto, conectados una vez mas a través de un triste teléfono. Triste porque no hacía mas que sembrar nuestra vida de amarguras y desasosiegos. Aquella noche entre tanta gente me habláste de un león, aquél que siempre te tranquilizaba y te hacía sentir una especial calma interior.

Pero aquella noche acabamos sintiendo de todo menos calma. Y fué esa misma noche, esa que acabó cubierta por una fina capa de nieve bajo nuestros pies, cuando pensé en crear una historia con el famoso león.

A la mañana siguiente, con la mente mas calmada y un poco mas de sensatez, fue cuando hice mi promesa. ¿Para que escribir sobre algo que lo único que va a conseguir remover lo que apenas termina de posarse? Y desde entonces la historia del león se aparco.

Hoy la retomo. Y lo hago porque ese león ya no se ve de la misma manera. Porque lo que en su día era un símbolo de la huída hacia lo no tan doloroso, se convirtió en un paseo bajo una mañana soleada de Bilbao, en el margen de la ría mientras las traineras dejaban su sonar característico sobre el agua.

Y en ese paseo, estabamos los dos. Juntos, de la mano. Los dos. Y frente a frente, bajo su majestuosidad, descubrimos que lo que en su día significó, tanto para él como para mí, había desaparecido. Los malos momentos pasados fruto de las circunstancias quedaron aparcados en ese momento por el sol que nos iluminaba en ese mismo momento. ¿Para que seguir recordando entonces lo olvidado?

Lo miramos, observamos su belleza. Lo inmortalizamos y proseguimos nuestro camino. Un camino con un león a nuestras espaldas, ese que de vez en cuando al volver la cabeza seguía estando allí. Y que seguirá estando, pero ya no lo veremos ninguno de los dos como hasta entonces lo hacíamos.

Ahora el león pasa a formar parte de una historia de dos. Antes era mi versión de león, y la suya. Ahora es nuestra historia del león. Curiosamente, ese mismo día y sin darnos cuenta, nuestros pasos nos llevaron caminando hasta un lugar de baldosas amarillas. Mis baldosas amarillas. Nuestras.

Entonces supimos que el camino que habíamos tomado estaba bien. Tranquilo, seguro, firme y bien. Con la tranquilidad de enterrar viejos fantasmas del pasado, para que dejaran de atormentar el presente. Con la alegria de conocer nuevas personas que con su simpatía te hacen ver que muchas veces nuestro subconsciente nos traiciona. Y de que manera, sobre todo sabiendo los malos momentos que dicho subconsciente nos ha hecho vivir.

Pero todos juntos, bajo el sol que se tornó lluvia, caminamos, sabiendo que el camino que ahora estaba bajo nuestros pies era el correcto. Porque en cualquier lugar puedes encontrar la vía para llegar a la ciudad de las esmeraldas.

El Renglón Torcido

"Y encontré baldosas amarillas..."


El Renglón Torcido

Hubo mariposas, que volaron hasta separase tanto del camino de baldosas amarillas, que nunca supieron encontrar el camino de vuelta a su lugar. Mariposas de un príncipe que se desvanecieron en un atardecer de tinieblas y tempestades. Perdieron sus colores vivos, se tornaron grises y melancólicas. Apáticas mariposas, solitarias voladoras.

Revolotearon allá donde fueron, intentando dejar su alegría posándose donde quiera que estuvieran. Pero su halo de desesperanza hacía que nunca consiguieran ser felices si no era en su camino. En el que un día dejaron sin saber como y al que siempre anhelaron regresar.

Pero llegó un día en el que, en la distancia, esas mariposas del príncipe comenzaron a oir voces, a notar olores conocidos, a conocer como cercano los lugares por los que volaban. Y conforme eso les iba sucediendo, mas agitaban sus alas. Ellas notaban que su camino del que una vez partieron sin un rumbo fijo, estaba cada vez más cerca.

Mientras tanto, caminando por las baldosas amarillas, tropezando, levantando y andando, el principe proseguía su andar. La ciudad de las esmeraldas se antojaba en el infinito. Tiempo atrás la vislumbró, anclada y guarecida bajo centenares de puntos rojos. Y en su caminar, añorando aquellas mariposas que una vez le abandonaron, comenzó a sentir que algo cambiaba.

El cielo comenzó a tornarse colorido, en la lejanía oía la melodía que una vez dejó de escuchar. Esa melodía era el sonido de las alas de sus mariposas que aquella tarde de verano se desvanecieron. Cada vez mas cercanas, cada vez mas colores. Y de repente volvío a verlas. Justo delante de él. Miles de pequeñas alas llenas de colores, frente a él, en su camino.

Y se acercó hasta ellas, para hablarles, y saber si ésta vez volverían para seguir acompañandole en su camino. Las mariposas envolvieron con su amor, su belleza y su paz de nuevo al jóven principe, mientras él cerraba los ojos para sentirlas de nuevo, otra vez.

Cuando el príncipe volvió a abrir los ojos, vió de nuevo claramente la ciudad de esmeraldas que una vez perdió de vista. Y seguía tal cuál la recordaba, adornada de miles de puntos rojos que una vez pensó rotos para siempre.

El principito feliz, comenzó de nuevo a caminar. Y cuando miró a su lado, vió que de nuevo, en su caminar no estaba sólo. El Sr. Pintor volvió para decorar de nuevo sus pasos sobre las baldosas amarillas.