Pensamientos de una noche de verano

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(Este es el relato que una noche de verano comencé a escribir y del que hablé hace poco en El Renglón Torcido Rojo. Quedó así, inacabado. Hoy no lo concluyo, lo dejo abierto. Porque quizá dentro de un tiempo vuelva a echar la vista atrás y volver a ese chico tímido, callado y discreto que formalmente comenzaba a crecer. Continuará…)

Noche de fiesta, son las doce y media de la noche, víspera del 15 de Agosto. Fiesta en muchos lugares de España, y uno de ellos, mi pueblo. Miro por la venta. Vaquillas en la calle. No recuerdo cuando fue la primera vez que vi estas vacas desde ésta ventana. Hace demasiado tiempo de aquello. Las he visto correr delante de mis ojos, debajo de mi ventana, dentro de mi portal.  He visto como han intentado entrar dentro de él y lo consiguieron. Muchos años contemplando esta visión, y este año de nuevo mis ojos se paran para contemplar.  

Y veo gente. Mucha gente paseando y disfrutando de la fiesta. Son fiestas de Burlada. Acaban de empezar y eso se nota. El ver toda esta gente paseando bajo mi ventana me trae recuerdos de juventud. Cuando yo era uno de ellos que salían a ‘comerse’  la noche. Y se me agolpan en la cabeza recuerdos agridulces. Bueno, sinceramente, lo de salir a comerme la noche en esta época tampoco era así. Salía porque era lo que socialmente tocaba. Por aquel entonces no era el más juerguista del grupo.

Observo muchas cuadrillas pasar por delante. Vestidos de blanco, otros de negro, otros más alternativos. La moda ha cambiado, y en ellos se reflejan las tribus urbanas que en estos tiempos recorren nuestras ciudades. Y mientras los miro, trato de encontrarme entre ellos. De identificarme dentro de cada cuadrilla de chavales. ¿Quién sería yo si fuera uno de ellos?

O mirándolo de otro modo, ¿cuál de esa cuadrilla en estos mismos momentos puede estar sintiendo cosas como las que sentía yo cuando tenía que salir?

Apariencias, tratar de no ser quien eres, pasar inadvertido, encontrar mi sitio de confort. ¿En qué consistía salir ‘a pasarlo bien’? Sinceramente, no lo sé. Cierto es que tengo una memoria bastante vaga, que carece de muchos recuerdos, o simplemente los ha archivado para que no molesten.

Pasarlo bien. Ese era el fin de cada noche. Bajo mi casa, justo en frente de mi portal, había una bajera o local o como queráis llamarlo que hace 20 años era el local de moda de todas las fiestas. Si conseguías entrar y hacerte un hueco para pasar un buen rato de la noche, era todo un logro. Era mi zona de confort, era mi lugar de pasarlo bien. Me sentía cómodo, me conocían los chicos que llevaban la bajera; me trataban bien. En definitiva, pasaba inadvertido y si era ‘advertido’, era para bien. El hecho de que mi hermana fuera novia de uno de los chicos de la bajera siempre vino bien. Alguna bebida gratis conseguí gracias a ello.

Hoy he visto salir a esos chicos de esa misma bajera. Después de 20 años, ya no son tan chicos, ya son hombres, hechos y derechos. Muchos pintando canas, alopecias prominentes y barriguitas incipientes. El tiempo pasa para todos desde luego. Pero hay veces que es más sencillo darse cuenta del paso de los años en los demás que en uno mismo. Creo que hay veces que no me paro mucho delante del espejo para ver ese tiempo que pasa lentamente, y los efectos que produce en nuestro cuerpo.

¿Qué estarán planeando en estos momentos?  Cuando yo salía, esta hora era demasiado tonta, pronto para ir a ningún bar. Había que buscar algo en que entretenerse. Básicamente ese entretenimiento consistía en comprar bebida y beber en alguna plaza, Nogalera, o sucedáneo. Y por lo que veo desde la ventana, pocas cosas han cambiado. Deambulan con botellas grandes bajo el brazo. Naranjas, amarillas, oscuras, cerverceras. Todos bebemos lo mismo. Grupos de chicos por un lado, chicas por otro. Pocos grupos mixtos. Poco ha cambiado.

Y me encuentro con el chulito de la cuadrilla. Porque siempre tiene que haber uno así. Que va caminando por la calle como si fuera perdonando la vida a los demás. Y a su lado, sus lacayos, que le acompañan allá donde va y dirán amén a todo lo que diga el primero. Y seguramente detrás, reconozco al chico tímido, que va con ellos porque tiene que ir, porque son sus amigos del colegio. Pero la personalidad de cada uno evoluciona, y los que a priori son parecidos a ti en el colegio, puede que luego no compartan tus mismos puntos de vista.

Ese chulito se acerca a una bajera donde hay otra cuadrilla. Y entre ellos, a pleno pulmón y en mitad de la calle, se gritan ‘eh, marica’. A mí se me revuelve el estómago. Porque me transporta a momentos vividos y conocidos. Y porque pienso que seguramente en esas cuadrillas de amigos que se gritan unos a otros ‘marica’, realmente haya algún ‘marica’ que no se atreva a decirlo. Que no se atreva, o que no sea consciente aún de que lo es. O que no encuentra su lugar y trata de encajar allí donde la inercia de la vida le ha llevado.

Es una sensación extraña el ser adolescente y no saber por dónde te da el aire. Es extraño el sentimiento de silencio que se guarda dentro y que no dejas salir fuera. Recuerdo en pensar en hacer lo que para los demás estaba bien, y no pensar en lo que a mí me gustaba. A mí, me gustaba bailar, y si era música pop, mejor aún. Pero no quedaba bien decirlo, por el qué pensarán. Hacía por juntarme con otras cuadrillas de Burlada para así poder pasármelo mejor porque siendo más, sería más fácil que fuéramos a algún sitio que a mí me gustara. Y no pasarnos la noche en las txoznas escuchando música en euskera, que a mí, sinceramente no me gustaba. Trataba de juntarme con la cuadrilla de mi prima, o esperaba que alguno de mi amigos se fijara en alguna chica para así, juntarnos con ellas y poder pasar mas inadvertido y diluirme entre más gente.

Y todo esto sin saber ni siquiera, en aquel entonces, que a mí me gustaban los chicos.

Oigo por la ventana ‘Paquito el chocolatero’, sonando en las barracas detrás de mí casa. Recuerdo cuando corría a la verbena de las ocho de la tarde en la antigua plaza de las Eras (que ahora es la plaza del ayuntamiento) para poder bailar. Tendría doce o trece años cuando estaba de moda. Veía a todos como se ponían en fila y hacían el mismo paso de baile. Yo quería participar también, pero mis amigos no estaban por la labor de hacerlo. Así que simplemente, miraba. Sonaba ‘Saturday night’ de Wighfield y su ‘dididadadaaa’, pero nada. Inmovilidad en mi entorno, y yo desde mi introversión y mi incapacidad de hacer nada yo sólo por vergüenza, esperaba, miraba y envidiaba a los chicos lanzados y sin pudor que bailaban como locos en aquella plaza, hoy transformada.

Es curioso lo de la personalidad de cada uno. Como marca desde que somos pequeños lo que nos atrevemos a hacer o no. Si hubiese sido más valiente, menos vergonzoso o más extrovertido, habría bailado hasta cansarme. Habría gritado por la calle como veo  gritar ahora a ciertos muchachos larguiruchos sin importarme el que pensarán. Habría sido otra versión de mi mismo. Otra persona.

Sin embargo fui todo lo contrario. Callado, tímido, discreto, formal. El que menos llamaba la atención del grupo. O el que la llamaba si lo miras de otro punto de vista. Cuando salía en fiestas no me gustaba ir a sitios que no controlaba. Aquellos sitios donde no me sentía ‘seguro’ me lo hacían pasar mal aunque no dijera nada y tratara de llevar la pelota a mi terreno. Por democracia, no siempre me podía salir con la mía.

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