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Los cuentos han cambiado. Pocas princesas y pocos príncipes azules a lomos de un brillante corcel se ven hoy por nuestras calles.

Pero la magia de ellos sigue estando viva en mis pensamientos. No veo una bella y cálida princesa campesina tentada por una roja manzana, pero si lo hace cuando ante sus ojos deslumbra un bello brillante.

¿Acaso no es bello el cuento igual?

Igual de bello es cuando el apuesto príncipe azul en sus correrías y batidas al bosque se cruza con otro dulce príncipe, o un rudo leñador. O, ¿por qué no? Un rebelde foragido ladrón. Y entre ellos nace el amor.

Un amor de hombre no narrado en viejos cuentos ni en atemporales leyendas. Pero al igual que el mundo y la humanidad, tan presente como clandestino.

Muchas bellas damiselas ya no esperan ser rescatadas en sus torres de piedra. Ahora han decidido ser libres para elegir cuando, cómo y con quien salir de ella. O no salir, por ejemplo. ¿Por qué no?

Quizá esa joven cautiva ahora decida que quiere ser rescatada por su ama de llaves. O disfrutar de la compañía de las bellas lavanderas o lozanas mercaderes.

¿Realmente los cuentos han cambiado tanto o es que siempre hubo historias que no nos fueron jamás contadas?

Historias reales, de amor, de desamor. Cuentos en nuestras cabezas y sensaciones en nuestro corazón. Pero ahora son reales y gracias a nosotros, son más libres de ser contados.

A nuestra manera. ¿Verdad, Blancanieves?

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