El Renglón Torcido

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Prometí que no escribiría sobre él porque me causaba mas dolor del que en esos momentos podía aguantar. Me lo prometí y lo cumplí a rajatabla. Era una noche fría de invierno, mitad de diciembre, y los meses parecía que habían pasado en balde. Y yo, entre la gente, entre un montón de gente, sentía soledad. Y nosotros mientras tanto, conectados una vez mas a través de un triste teléfono. Triste porque no hacía mas que sembrar nuestra vida de amarguras y desasosiegos. Aquella noche entre tanta gente me habláste de un león, aquél que siempre te tranquilizaba y te hacía sentir una especial calma interior.

Pero aquella noche acabamos sintiendo de todo menos calma. Y fué esa misma noche, esa que acabó cubierta por una fina capa de nieve bajo nuestros pies, cuando pensé en crear una historia con el famoso león.

A la mañana siguiente, con la mente mas calmada y un poco mas de sensatez, fue cuando hice mi promesa. ¿Para que escribir sobre algo que lo único que va a conseguir remover lo que apenas termina de posarse? Y desde entonces la historia del león se aparco.

Hoy la retomo. Y lo hago porque ese león ya no se ve de la misma manera. Porque lo que en su día era un símbolo de la huída hacia lo no tan doloroso, se convirtió en un paseo bajo una mañana soleada de Bilbao, en el margen de la ría mientras las traineras dejaban su sonar característico sobre el agua.

Y en ese paseo, estabamos los dos. Juntos, de la mano. Los dos. Y frente a frente, bajo su majestuosidad, descubrimos que lo que en su día significó, tanto para él como para mí, había desaparecido. Los malos momentos pasados fruto de las circunstancias quedaron aparcados en ese momento por el sol que nos iluminaba en ese mismo momento. ¿Para que seguir recordando entonces lo olvidado?

Lo miramos, observamos su belleza. Lo inmortalizamos y proseguimos nuestro camino. Un camino con un león a nuestras espaldas, ese que de vez en cuando al volver la cabeza seguía estando allí. Y que seguirá estando, pero ya no lo veremos ninguno de los dos como hasta entonces lo hacíamos.

Ahora el león pasa a formar parte de una historia de dos. Antes era mi versión de león, y la suya. Ahora es nuestra historia del león. Curiosamente, ese mismo día y sin darnos cuenta, nuestros pasos nos llevaron caminando hasta un lugar de baldosas amarillas. Mis baldosas amarillas. Nuestras.

Entonces supimos que el camino que habíamos tomado estaba bien. Tranquilo, seguro, firme y bien. Con la tranquilidad de enterrar viejos fantasmas del pasado, para que dejaran de atormentar el presente. Con la alegria de conocer nuevas personas que con su simpatía te hacen ver que muchas veces nuestro subconsciente nos traiciona. Y de que manera, sobre todo sabiendo los malos momentos que dicho subconsciente nos ha hecho vivir.

Pero todos juntos, bajo el sol que se tornó lluvia, caminamos, sabiendo que el camino que ahora estaba bajo nuestros pies era el correcto. Porque en cualquier lugar puedes encontrar la vía para llegar a la ciudad de las esmeraldas.

El Renglón Torcido

"Y encontré baldosas amarillas..."

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