De repente la vida…

El Renglón Torcido

De repente la vida te sorprende.

Y un día por la mañana cuando te despiertas, con legañas aún en los ojos, te encuentras cosas así en el suelo de la cocina.

No hay una nota, no unas palabras bonitas, no puntos rojos, ni deseos de cosas infinitas. Simplemente dos artículos, una casquillo para una bombilla con adaptador para enchufe, y a su lado, delgadito, un pito, silbato o como quieran llamarlo.

Desde luego la cara de sorpresa es grande, la de extrañeza aún mas, y la de no dar crédito hace que las legañas, el sueño y todo lo demás, desaparezcan de inmediato. Y lo mejor de todo, es que esas caras de circunstancia, dan lugar a una sonrisa de oreja a oreja, comenzando así un día estupendo. Sonriendo como tiene que ser.

A partir de ahí, empiezan las elucubraciones, mientras la jornada comienza a preparase. Es decir, mientras te lavas la cara un poquillo, preparas el desayuno, etc. la cabeza sigue pensando en qué sería lo que querrían decir esos dos muñequitos que han aparecido en el suelo de mi cocina. ¿Que querrían decir? ¿Que significado habrá querido darle el Sr. Pintor a esas dos cosillas?

Y mientras sigues sonriendo por el hecho de sortearlos con los pies mientras vas de lado a lado de la cocina cogiendo la leche, el zumo, las galletas y tal y cual, me doy cuenta de que eso era realmente lo que tenía que pasar. Que sonriéra de par de mañana, que pensara en que las cosas están bien, pero fundamentalmente en eso. Sonreír a la ocho de la mañana. Misión cumplida.

Uno negro, otro rosa. Uno delgadito, el otro mas ancho. Con dos protuberancias cerca de su cabecita el negro, ¿que me recuerda ésto? Ahí solos, quietos, inmóviles, pareciendo que en cualquier momento echarían a andar para acompañarme en el desayuno.

Y mientras sonrío.

Como he dicho, de repente la vida te provoca sonrísas, haciendo que termines riéndote hasta de ti mismo. Siendo ésto último lo mas maravilloso que podemos hacer como terápia. Nuestra risa. Porque quién me iba a decir a mi que iba a estar haciendo hoy la comida a las nueve menos cuarto de la mañana. En efecto la vida sorprende con actos en los que no nos habíamos visto nunca, como preparar la comida porque quizá la persona que llegue a casa no tenga ganas de prepararsela, o quién sabe. Pero ahí estaba, cocinando, como hasta ahora no lo había hecho. Y mientras tanto volviéndo a sonreir.

Sí, en efecto, soy feliz. Bastantes desgracias he escrito en éstos últimos meses como para no escribir ahora que cada mañana me levanto con una sonrisa de oreja a oreja. Y mas encontrándome sorpresas a mis pasos que hacen que los días comiencen mas cerca de la ciudad de esmeraldas.

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