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Cuando las historias toman forma y se convierten en realidades, es el momento de mirar, observar, y ver lo que estamos viviendo.
Para no perdernos un ápice de aquello que nos rodea. Para no dejar escapar un segundo de esa realidad en la que estamos inmersos.
Como si encerrados en una caja, viviéramos el día a día. En la que las mariposas pueden vivir libremente, volar sin miedo a ser dañadas por el exterior. Y una sola puede dar lugar a cientos y cientos de ellas, porque ellas viven dentro de mi.

Dos principitos, con el corazón en sus manos.

Dos puntos rojos, los enseñan sin miedo, para así saber bien lo que sienten cada uno. Se encuentran de nuevo, viven de nuevo, respiran juntos, en su caja de cristal. Tranquilos, calmados, acompañados del aleteo de su fiel amiga, su mariposa, entonando con sus alas historias que a ellos se le antojan conocidas.

Descansan serenos, hasta que la oportunidad de pasear sobre las baldosas amarillas llama a su puerta. Cuando cae la noche, en la oscuridad, en el silencio que tanto cuenta. Mientras duermen los reales, los príncipes abandonan su habitación de cristal…

Corretean, saltan, vuelan, viven…

Flotan en el aire junto a sus puntos rojos, en el silencio de la noche. Cuando nadie les ve toman vida. Su vida. Aquella que comenzó a raíz de un punto rojo, una nota de papel en la mesilla de noche, un dibujo, una mariposa de un príncipe.

Ahora ellos viven su vida, sin que nadie los moleste.

En su silencio.

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