El Renglón Torcido

 

 

“Pero déjalo volar, déjalo marchar…

 El halcón que vive en mi cabeza sigue atado a tí.

Corta la cadena, que lo ata a tí, y deja que se canse sobre el mar. “

¿Marchar a donde?

¿Volar lejos?

¿O tal vez descansar en las proximidades?

Cerca, mejor cerca. Sin huir del camino marcado.

No vaya a ser que luego me pierda del sendero habitual y no sepa reencontrar mis pasos.

¿Un halcón?

¿Tal vez mejor un pez?

Sí, un pez.

Desmemoriado.

De esos que a los dos segundos no recuendan el tercer segundo que viene.

Como Dori, pero sin su Nemo que le recuerde quién es ni donde va.

Así sería fácil olvidar lo que nos hace daño.

Siendo todo nuevo.

¿O tal vez no?

Por supuesto que no. Mejor recordar todos y cada uno de los momentos vividos para aprender de ellos.

Aprendemos.

¿Desaprendemos?

En absoluto.

Si desaprendemos volveremos a meter la pata donde antes lo hicimos.

A darnos golpes en las heridas cicatrizadas.

A tropezar sobre la misma baldosa desequilibrada, fuera de la horizontalidad perfecta.

¿Cadenas?

¿Cortamos las cadenas?

¿Quién nos ata? ¿A quién nos atamos?

Yo ya no las siento. Ni las he sentido.

Si se sentían lazos, cuerdas.

Series de puntos rojos formaban caminos que unían personas.

Amores.

Pero esos lazos desaparecen, el tiempo se encargan de ello.

Pero nunca cadenas, porque ellas pesan.

Y un amor, no puede pesar. Si lo hace, entonces no es amor.

Como la frase del día. No  es perfecto.

Sólo, es amor.

Sólo.

Hoy, a destiempo.

Quien quiere no puede, y quien puede no quiere.

Alguien lee mis líneas, quizá seas tu que estás ahora al otro lado.

Y comienza a descubrir que quizá haya algo en éste mundo raro, superficial, extraño y absurdo quizá, que merezca la pena.

Siempre hay algo que merezca la pena.

Sólo hay que esperar a que el halcón vuele hasta donde tenga que hacerlo.

Apa.

 

 

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