César Sancho Prieto

 

No es lo mismo las once de la noche que las ocho de la mañana.

No es lo mismo la luz de un bar, la música de ambiente, del ambiente, que el silencio de la oscuridad.

No es lo mismo la valentía del alcohol en la sangre, que la resaca del despertar.

No es lo mismo trasnochar que no dormir.

No es lo mismo la compañia, acompañado, el compañerismo y la amistad, que la soledad.

No se siente lo mismo cuando los actos son separados por horas.

Cuando de repente algo que te parece perfecto y apropiado, y unas horas después te parece irrespetuoso e incluso osado.

Cuando un mismo acto adquiere bises heróicas para después pasar a ser una tragedia griega.

Unas palabras escritas en un teléfono que vuelan.

Desaparecen.

De mi vista.

A su vista.

Para después la nada.

Y tranquilidad. Seguridad. Firmeza. Y a olvidar.

Para después…

Después todo se ve diferente. Cuando en confidencias vienen las lamentaciones. El que dirá, el que pensará. Pero sobre todo, el qué no dirá. El que no pensará.

Porque no hay más. No hay diálogos válidos porque así tiene que ser. No mas intercambios de opiniones para no molestar. No mas “yo te dije y tu me dijiste”. Solo palabras que van al viento sabiendo que en algún lugar serán leídas.

Y cuando te das cuenta de que realmente no hay un mas allá, cuando repasas la historia para verla en su conjunto, descubres que has puesto el punto final. Y aparece el abismo delante de tus pies.

El abismo.

Al que te empujan, al que no quieres caer.

Y te encuentras ahí, en el borde. Con las puntas de los pies al aire, sin nada debajo. Mientras tanto, sientes la presión tras de ti, de la que quieres escapar.Pero el vacío, delante, acecha con tragarte entero y llegar hasta el fondo. 

Comienza la lucha. Después de ese punto final.

Comienza el camino que bordea el abismo, al que te pueden empujar en cualquier momento. Pero te aferras al borde, a ese camino que lo circunscribe, para no caer.

Es difícil comportarse en el después. Mantener la compostura, el saber estar, la educación. La cordura, sobre todo la cordura.

Es difícil estar atinado, y tremendamente fácil ser desatinado.

Muy fácil.

Pero nadie nos enseña como seguir el camino cuando todo se derrumba. Cuando abres lo ojos de madrugada, cuando te pregunta “¿como estás?” y las cuatro paredes que te rodean se vienen abajo como hasta ese instante no lo habían hecho. Y se inundan los ojos para desdibujar la mirada. Quizá ayudando para no dejarte ver bien la dificultad del camino.

Se hacen las cosas, bien.

Se hacen las cosas, generalmente mal.

Pero se hacen.

¿Y sabéis que?

Que yo tenía un tiesto roto que no supe que hacer con él. Si tirarlo, pegarlo, guardarlo o llevarlo al trastero. Pero lo peor de todo es que en éste tiempo de luto, el tiesto ha seguido estando ahí, roto, con sus pedazos por el suelo. Tal cual.

Y ahora se que lo que tengo que hacer es coger todos y cada uno de los pedacitos de ese tiesto, y meterlos en una caja. Con cuidado, con cariño, y con paciencia. Para guardarlos, sin que se rompa mas. Para conservarlos todos juntos, lo que queda del tiesto y sus miles de cachitos. Recogerlos para no tropezarme con ellos mientras camino, porque cada tropiezo significa un nuevo dolor, una nueva herida.

Y cuando estén todos en esa caja, mirarlos y ver que en algún tiempo, todos esos pedazos fueron un tiesto maravilloso en el que crecía un flor que daba flores en forma de puntos rojos. Y recordarla así, como fue entonces, y no como es ahora. Algo roto.

Los pedazos se están guardando dentro de la caja.  

Despacio.

Uno por uno.

Pero yo me pregunto,

¿cuándo seré capaz de cerrarla?

“You know I’d do anything for ya
See I would go through all this pain
Take a bullet straight through my brain
Yes I would die for ya baby, but you won’t do the same…”

 

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