El renglón torcido

Pocos miedos quedan ya en la recámara, han empezado a salir uno tras otro. Es mejor sacarlos todos de golpe, en el ahora, porque después se acomodan, se hacen fuertes y duele mas el tener que perderlos de vista. Y la herida que produce el sacarlos, es grande cuando se van todos juntos, pero luego cicatrizará solita.

Eso siempre será mejor que sacar uno, doliendo.

Y esperar un momento.

Y sacar otro más, volviendo a doler…

Y esperar otro momento.

Y para después sacar uno que nos dejamos en una esquina, doliendo de nuevo sobre una herida vieja que no dejamos cicatrizar.

Y esperar, de nuevo, otro momento.

Hay que buscar bien en esa recámara, revisarla, investigarla, escrudiñar cara rincón. Memorizarla como si fuera la última vez que vamos a mirar dentro de ella, para que no se pueda esconder ninguno entre las sombras. Los miedos son así. Adquieren formas, colores y apariencias engañosas que les hacen pasar desapercibidos.

Y cuando empiezan a salir, uno detrás de otro, comienzas a encontrar las baldosas mas estables bajo tus pies.

Hoy podría hablar, bajarme hasta las miserias del fondo de un organismo vivo que crea sentimientos a partir de moléculas químicas que nos conforman. Sensaciones que se crean a partir de transmisiones nerviosas que recorren nuestro cuerpo. E investigar y contar que es lo que hay en la recámara que habita dentro de mi. Esa de la que están saliendo los miedos. Pero no lo voy a hacer.

Quizá sera porque muchos de ellos ya han sido plasmados a modo de renglones expuestos hace días. Con señales, planes, tiestos rotos y pudiendo contar dulces locuras conmigo. Hoy simplemente digo “Espera un momento”. Me lo digo a mi. Se lo digo a aquel Señor Director al que le pedía que comenzara a guiar mis pasos, porque la música se había detenido. Yo soy el que dirijo, yo soy el que me pongo mi música. Yo soy el Señor Director, al que hablaba, al que me refería. Al que le pedía ayuda porque no sabía que baldosa pisar sin caerme. Sin hacerme daño. Y hoy le pido a aquel Señor Director que cambie de música, porque la que comenzó ha sido demasiado triste, y ya no me apetece que así sea. Hoy aparece delante de mi como antes no lo hizo. Entero, nítido con su batuta en la mano, poniendo orden en una orquesta desordenada.

Quiero marcar el ritmo.

Quiero marcar MI ritmo.

Quiero escuchar melodías que recorran mi cuerpo a tal velocidad que no pueda ni identificar en que parte está. Caminar firme aligerando el paso que de primeras fue titubeante y ahora es mas seguro. Ahora he vuelto a coger la batuta, para tratar de que no vuelva a quedarse quieta, inmóvil, sin un ritmo que marcar. Y mientras tanto, y cambiando de música, vuelvo a configurar mi orquesta. En la que los individuos vuelven a tocar junto a mi: Las Vegas, Prada y Castro, Madonna Lilly, una Sra. de Salamanca, Sra. Muela; en la que viejos amigos regresan para recuperar posiciones perdidas a lo largo de los años, como el nuevo individuo Se(ño)rCHO, y otros chicos del MOMOntón, de aqui de allá. Que se yo. Junto a ellos en éste tiempo he dirigido nuevas canciones, y por eso hoy cambio de tercio y tocamos algo nuevo.

Espera un momento, ¿o no?

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