Pues hay días que ni yo mismo me soporto, asi que como para que me aguanten los demás. Esos días en los que pasan las horas, y la jornada no depara nada bueno sino que encima no hacen mas que complicarse las cosas. Esos días en los que aparentemente las cosas no tienen que sufrir demasiados altercados, pero que con una simple llamada, los planes se ponen patas arriba. Días en los que un simple cambio de tercio pone encima tuya una nube negra de esas que me acompañaban no hace demasiado tiempo, y te impiden ver el sol.

Son días para olvidar, para encerrarse en casa porque lo único que puedes hacer es pagarlo con quien no se lo merece. Son días, sobre todo en los que el teléfono rojo juega malas pasadas. Mi famoso teléfono rojo del que hace tanto no hablaba. Parece ser que hay cosas que no cambian, aunque lo intente superar, aunque lo intente llevar mejor. Me cambia el carácter, me cambia la cara, “me vuelvo feo” como últimamemte me repite un Sr. Pintor. Me enfado, gruño, grito por tonterias, grito por no tonterias, grito…

Y vuelvo a empezar. Y vuelvo a los mismo errores de antaño. De los que nos prometemos no volver a caer. De los que cuando los detectas a lo lejos, en el camino de baldosas amarillas, vas corriendo para arreglar esa baldosa que te hará tropezar. Después de arreglarla, vuelves al camino en el punto en que lo dejaste, pero cuando llegas a la baldosa arreglada, te tropiezas con el cemento que usaste para colocarla y vuelves a caer.

Son días que no ves luz al final del tunel. En los que las luces que iluminan el camino, van fundiéndose conforme avanza la jornada, para llegar al final de ella sin ningún punto en el cuál guiarte. Y cuando te encuentras en esa oscuridad, es cuando te das cuenta de que vuelves a estar en una nube negra. Esa que antiguamente solía acompañarme y de la que ya no me acordaba. La que no te deja mirar un centímetro mas allá de tus narices. Una nube negra densa, que a la oscuridad de la noche, es peor.

En ese momento es cuando debería aprender a valorar mis silencios. A cerrar la boca para no soltar nada irreverente ni que pueda molestar. A callar para seguir andando con la cabeza alta. Un silencio vale mas que mil palabras. Pero no lo hago. Al igual que una olla a presión empieza a soltar vapor que quema para no explotar, yo lleno los silencios con palabras y actos que pueden llegar a quemar de la misma manera.

Lo malo es cuando al día siguiente, ves que comienza a salir el sol. El camino por el que fuiste andando el día anterior en el que se fueron fundiendo luces conforme caminabas, ahora empieza a iluminarse por si solo. Vas viendo claridad a tu alrededor. Lo que otrora fueron problemas, ahora son sonrisas. Y ahí es cuando me doy cuenta de que la he vuelto a liar. Porque la oscuridad que vino por si sola, los cambios que sucedieron sin previo aviso, se soluciónan de la misma manera, y está bien. Pero la oscuridad que provoqué yo con mis actos, ¿esa qué? La nube negra que envolvía todo de repente, se esfuma. Y te das cuenta de que lo único realmente importante, es lo que mas duele de todo. La nube negra sigue, pero ahora solo en el corazón.

No hay excusas como “eres así”, “los que te conocemos sabemos que haces esas cosas”, como una voz amiga me decía por teléfono. No las hay. Ni eres así, ni leches. No debo hacer pagar a justos por pecadores. Los problemas hay que enfrentarlos cada uno en su escenario, y por supuesto no mezclarlos. Y si un problema te trae por la calle de la amargura, lo aparcas en ese escenario y ya lo afrontarás cuando vuelvas a él. Si te lo metes en la mochila y lo llevas a tu vida personal, entonces es cuando comienzas a fundir bombillas que deben estar siempre encencidas con puntos rojos.

Así no, Javi.

Una nueva autocrítica. De esas que trato de cumplir a rajatabla, y que mas o menos se hacerlo, pero que de vez en cuando se me escapan de las manos, normalmente por influencias externas tipo mi teléfono rojo. Una nueva misión que hacer. Conozco mis problemas, se identificarlos, ponerles nombre y verlos con claridad. Cosa que antes me costaba realizar. Sé en que baldosas amarillas de mi camino puedo tropezar. Y prometo que a partir de ahora andaré con la vista bien al frente para mientras camine por él, pueda divisarlas a lo lejos para ir corriendo y arreglarla bien. Y si puedo, iré corriendo dos veces hasta ella, para asegurarme que esté bien arreglada. Así, para cuando llegue a su altura mientras camino, no pueda tropezarme con ella.

Voy a Oz, a la ciudad de esmeraldas. Y no dejaré que nada me impida llegar a ella.

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