Navegaba con rumbo, mirando al horizonte. Tratando de identificar lugares conocidos en una tierra lejana. El sonido de las olas se mezclaba con el de los motores del barco, mientras la brisa de alta mar golpeaba constante e impaciente su cara.

Era un día soleado, no frío para las fechas en que estaban. Pero la brisa del mar hacía que la temperatura fuera mas fría de lo que debiera. Se paseaba por cubierta, observando. Viendo agua a su alrededor y pensando que en poco mas de una hora y media estaría pisando de nuevo tierra firma. Era chico de tierra adentro, lo de navegar entre aguas era mas de gente de costa. Pero no le resultó demasiado incómoda la travesía.

Y no fué así porque hizo que algo le distrajera. Ese algo fué una mirada, unos pasos en el mismo pasillo de cubierta. Alguien se aproximó tambien a contemplar aquella maravillosa vista. Con algo en las manos, quizá un café. Él no lo distinguía bien por la distancia, pero algo portaba entre sus dedos. Se paraba en la distancia, apoyado en la barandilla así como estaba él.

Y el tiempo pasaba.

El viento enfriaba la bonita estampa. Hacía que estuviera incómodo y trataba de encontrar un lugar para poder seguir disfrutando de la vista. Y buscando ese lugar se dió cuenta que ese alguien del que antes cayó en cuenta, tambien le seguía.

A partir de darse cuenta, comenzó un juego. Un juego de distancias, miradas y no miradas. Furtivas siempre, sin tratar de ser visto en el momento pero con las ganas de ser descubierto en mitad de una de ellas. Él no se movía, pero su desconocido se aproximaba. Mientras, los dos hacían del paisaje, que en ese punto había pasado a formar parte de un decorado en el que los protagonistas eran ellos.

La hora y media que faltaba para tierra firme, se desvanecía. Y con ella la oportunidad de que el desconocido pasara a ser conocido. Pero las distancias seguían separándoles a pesar de que las miradas que en un principio eran furtivas, en un determinado momento dejaron de serlo. Y la cuenta atrás comenzó cuando el puerto comenzó a dibujarse en el horizonte.

No había tiempo para mas. Era ahora o nunca. Él volvería tierra adentro, y el desconocido desaparecería como una ola del mar que les acompañaba. Y el viento provocador del frío les echó una mano. La suficiente para dar pie a que él tuviera valor de decir una primera frase: “hace frío eh…”

Lo que el desconocido no esperaba es que después de esa frase, él desaparecia por una puerta al interior del barco. La vergüenza pudo con él. Mucha valentía para empezar una frase pero no la suficiente para continuar la conversación.

Dos respiraciones profundas, un poco de relajación, el tiempo golpeando en sus espaldas y la visión del puerto nítida en el horizonte hicieron que reuniera las suficientes fuerzas para volver a salir a cubiera y terminar la conversación iniciada. Así que salío de nuevo a cubierta, y se enfrentó a sus miedos. Allí estaba el desconocido, sentado en las escaleras donde antes lo había dejado plantado con la palabra en la boca. Y allí se aproximó.

Sus miradas se juntaron y ésta vez para hablarse cara a cara. Sin rodeos y sin océanos de por medio. Una mirada que dió paso a una bonita historia entre dos desconocidos. Dos desconocidos que dejaron de serlo en ese mismo momento para pasar a ser… Pasar a ser… Ser…

Dos desconocidos que comenzaron a compartir en ese mismo momento.

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