Ya no nos sentaremos en ese patio donde todos hemos crecido. Donde detrás de la cortina del cobertizo de debajo de la escalera se ocultaban unos cuantos bastones y baras con las que zurrarnos cuando nos portabamos mal. No volveremos a beber del grifo que hay al lado de la mesa, en la taza de metal que tan fresca sabía.

La casa del pueblo ya no será nuestra casa del pueblo, en la que hemos crecido los Algaba y donde hemos pasado largos veranos poniéndonos negros como el tizón. Una imagen como la anterior no volverá a repetirse, donde mi madre apenas tenía 35 años, donde mi hermana tenía 13 años y en la que hay una estrella del cielo… Esa estrella que se fué con los Reyes Magos y que nos cuida desde donde esté.

Recuerdo el tacto de las baldosas bajo mis pies como si andara ahora sobre ese mismo suelo.  El calor del brasero en esa mesa de madera en alguna Navidad vivida allí, y que los Reyes me dejaron por camino “El Imperio Cobra”. Familia, ya no habrá churros por la mañana en esas sillas que en cualquier momento podría romperse, y si se movía mucho se la cambiábamos al de al lado sin que se diera cuenta.

Hemos reído, llorado, saltado, dormido, jugado… Hemos vivido en esa casa, y eso es lo que ganamos. Nuestra vida en El Callejón del Lobo nos ha hecho como somos. Lo hicieron bien, y ahora nos toca seguir adelante sin el número 23.

Nos hemos bañado en el pilón donde se lavaba la ropa, ese chiquito que se ve a la derecha de la foto. Hemos estado todos metídos ahí dentro hasta bien mayorcitos, nos daba igual el color del agua… Hemos jugado con las ovejas, con los cabritillos. He guiado a las cabras cuando subían del arroyo, yo por delante, Rubén tambien, y los pastores por detrás, para después atravesar toda la casa hasta llegar a la puerta roja. 

Hemos compartido bañera, de pequeños, camas de mayores. ¡No os colguéis de la cortina! Algunos de vosotros, los mayores, vivísteis los gritos de la abuela para que no os colgárais de las cortinas. Otros, con menos suerte, no llegamos a oir esos, pero lo de no tocar la cortina pasó de generación en generación.

El armario verde de la cocina. El baúl del cuarto de los tíos, que era como una fortaleza inespugnable. El doblao. El famoso doblao era como el cuarto de los tesoros al que teníamos mas que prohibido entrar. Aunque al mas mínimo despiste nos colábamos en el interior.

No comerémos mas todos juntos allí. Ya no podrán amenazarnos con el famoso “si no comes todo, te vas a la escalera a comer”, con toda la solana en la cabeza. Pero todo esto quedará en nuestra memoria para siempre. Unos lo hemos vivido de mas jóvenes, otros de mas mayores. Pero por suerte lo hemos tenido todos y para siempre  lo guardaremos en nuestra cabecita.  

La casa de los abuelos ya no será  tal. Nos toca despedirla como se merece. Porque gracias a ella hemos sido niños, para ser como somos ahora.

Por suerte el año pasado y después de muchos años sin lograrlo, pudimos juntarnos todos de nuevo en ella. Todos menos mi estrella, aunque su voz sonara en nuestros oídos por cualquier rincón de la casa. Y no solo eso, sino que una nueva generación pudo conocerla. Aimar, Nadia, Pablo, Iván y Aitor conocieron la casa que originó que todos estemos hoy aquí. Unos puede que tengan el recuerdo algún día de como era la casa, al resto nos tocará a nosotros contarles que hubo una vez un sitio en Quintana de la Serena, Badajoz, donde pasámos cientos y cientos de horas, viviendo como sabemos, como nos han enseñado. Con nuestros más y nuestros menos, como todas las familias, pero siendo familia, siendo primos, tíos y sobrinos. Recordando a los abuelos, y algunos siéndolo de nuevo.

Casi 25 años separan alguna de las fotos de arriba, de hoy en día. Una vida que en éstos días pasa página para no olvidarla jamás.

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