1 mes.

Es el tiempo que resta para que todo esté de nuevo como hoy cuando me acerco al ordenador. Para que el pañuelico con el escudo de Pamplona vuelva dentro de la maleta a recorrer una distancia ya conocida.  En éste tiempo todo habrá vuelto a mi normalidad, a esa a la que poco a poco me voy acostumbrando. Una realidad normal a la que hoy he afrontado con muchas sonrisas, chistes malos dignos de frases del día, y mas sonrisas si cabe.

¿Y tanta sonrisa por qué?

Y respondo con otra pregunta, ¿por qué no? Así es. La tristeza con la que se inicia éste relato termina aquí. De aquí en adelante sonreiré por todo lo bueno que está por llegar, y todo lo nuevo que está por venir. Llegarán desde la isla dos aventureros dignos de un desayuno inglés para tomar el pulso a una ciudad desconocida, en medio de una multitud que quintuplica su vida normal. Vendrán a vivir un escenario nuevo en sus vidas, un escenario que son mis cuatro paredes.

Mi hogar.

Ese al que tantas y tantas veces se asomaron a través de un ordenador. Ahora el viaje es a la inversa. Se cuentan los días como el reloj que los marca en la calle Estafeta esperando el gran momento.

Aquí nada es igual a lo que se vive a 2400 km. de distancia.  Parecido puede, pero igual no. Distintos colores con distinta luz. Olores inconfundibles (y más a partir del día 6). Un acento completamente diferente aunque el mío fluctúe en función de la persona que tenga a mi lado. Calles, adoquines. Colores. Rojo y blanco omnipresente. Fiesta y música.

Vendrán a mi vida así como yo fuí a la de ellos.

Sinceramente, estoy nervioso porque quiero y deseo que todo vaya bien. Sobre todo porque el listón de mi estancia quedó demasiado alto como para superarlo, pero como buen navarro y cabezón, se intentará hasta no poder mas. Aquí pondremos todos de nuestra parte. La nueva familia navarra espera: hoy viendo fotos en el ordenador les decía a mis sobrinos con ayuda de mi hermana “mira, el tío Manolo, mira, el tío Pedro, los que viven en la isla”. Así por lo menos algo van aprendiendo. Los individuos esperan para divertirse con la gente que viene del sur. Triana habla con Maya y piensan si cabremos todos en casa temiendo por su posición acomodada que obstentan en la actualidad.

Pero cualquier pequeño incoveniente queda atrás cuando pienso en que llegue el día que tenga que conducir hasta el aeropuerto de Pamplona, a 7 minutos de mi casa exactamente, y ésta vez estar al otro lado de la puerta. Ahora seré yo el que espere, pero con la ventaja de saber lo que viene. 2400 ya tiene una imagen real, ya se como anda, como se ríe y como habla cuando está cansado y tiene que tomar neobrufen porque le duele la cabeza mientras se acurruca en el sofá. De doctor 2400… se como y donde se pone colonia por las mañana antes de ir a trabajar, como habitualmente pierde cosas, jejeje y como canta en el coche cuando le gusta una canción.

Todo eso ya está en la maleta. Ahora hay que llenarla con nuevos momentos. Como alguien me dijo una vez, de 2400 a 0 no era el epílogo de nada, sino que era el prólogo de muchas historias que nos quedaban por vivir. Y dentro de poco vendrá una nueva.

 

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