Efectivamente, llueve, y con ganas. No se si lo he dicho alguna vez, pero no me gustan las tormentas en soledad. Los truenos acompañan esta canción, y los reflejos de los relámpagos iluminan las rendijas de mis persianas. Yo mientras tanto trato de aislarme del mundo para meterme en el mío propio.

Recuerdo cuando vivía en casa de mis padres. Mi madre a nada que empezaban a sonar los truenos corre a la ventana para “ver como llueve”, mientras mi padre permanece en el sofá a no ser que truene muy fuerte. Empiezan entonces los pensamientos de si se irá la luz o podremos terminar de ver la serie que echan en la tele. Y para mas compañía dialogan con los gatos tratando de calmarlos por su cara de temor a la lluvia.

Ahora es diferente, ya que todas esas cosas ahora mismo son recuerdos que me pasan en mi cabeza mientras yo escribo éstas palabras sólo en el cuarto de mi ordenador. Supongo que son situaciones que no se borran nunca de la cabeza, y ésta mucho menos al escribirla aquí.

Tormentas de abril. Hacen que los campos de alrededor estén de un verde intenso como ayer nos llamaban la atención a Las Vegas y a mí, mientras lo llevaba a su casa.  Agua que se lleva el ambiente cargado que a menudo llevamos a cuestas y no nos damos cuenta en dejarlo a un lado para que no nos pese. Yo llevo una semana con una maleta bien grande, y no la física de mi viaje, sino una roja y en forma de teléfono.

Ya va siendo hora de ir a dormir. Es un 2 a. C, mientras que en 2400 es 3. Y las noches que se hacen tan largas desde hace unos días, hoy no se conciliará de buena manera. Intentaré dormir mientras oigo caer las gotas contra los barrotes de mi balcón, y así como a Castro le encanta oir y ver como crece y muere la tormenta, yo desearía meterme entre mis sábanas y dejar de oir para volver a abrirlos con un día soleado.

Y si no es soleado, estará menos “colorado”…

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