Digamos que gracias a la suerte, o porque la vida ha hecho que las cosas fueran o fuesen así, no he tenido que pasar demasiadas veces por el mal trago de reencontrarte con aquella/s persona/s que en un día pude llegar a querer y que de repente ya no se quieren. Por circunstancias, éste hecho ha sido algo relativamente desconocido para mí, dado que los kilometros que hay de por medio han hecho que la transición de estar a no estar, sea una transición y no una lucha y un sinvivir pensando en “¿y cuando me lo vuelva a encontrar que pasará?”

Esa pregunta me la he hecho yo varias veces, pero con la grandísima suerte para mi de que los reencuentros con los que amé tuvieron lugar muchos meses después de que todo hubiera terminado. Es una gran ayuda el hecho de no encontrarse con el que fué y ya no és, hace que empieces a ver la vida en singular en lugar de verla en plural como hasta ese entonces lo hacías.

Pero en cuestión de unos quince días he sufrido dos reencuentros, pero no de esos de los que un día estuve enamorado y luego deje de estarlo con el paso del tiempo. Sino aquellos que en un día hicieron que revolotearan mariposas dentro de mí, y de repente y sin venir a cuento, eres muy majo como amigo pero no quiero nada más… Vamos, de los que van dando ibuprofeno para que mueran.

El primero fue tranquilo, violento pero tranquilo. Tranquilo porque el tiempo tambien ha obrado a mi favor, pero violento por saber que las excusas que en su día dió, no eran mas que eso, excusas para no decir la verdad. Pero lo que digo, el tiempo me ha venido bien, aunque el nudo en el estómago sigue formandose.

El segundo no fue tan tranquilo, dado que dara vueltas por el Leroy Merlin intentando no encontrate a nadie de frente es dificil, ya que la mayoría de los caminos llegan a Roma. Sí, lo reconozco, no tuve cojones para enfretar la situación y plantarme delante y saludar. Pero si desencadenó la famosa entrada de la Tortuga y el caparazón, aún el caparazón no está lo suficientemente duro como para que no duela.

Y con éstas dos situaciones me doy cuenta de la suerte de la que hablaba al principio. Para olvidar a alguien lo mejor es que ese alguien desaparezca durante mucho mucho tiempo. Lo malo de todo ésto es que Pamplona es un pueblo, y eso si que es difícil que suceda.

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