niñoEstoy agotado. Hoy es un día de esos en los que las neuronas ya no hacen sinapsis entre ellas, y las motoneuronas están bajo la influencia de Morfeo. Mi cabeza está cansada y mi cuerpo casi tanto o incluso más que ella.

Llevo el teléfono rojo, y anoche me fuí a dormir tarde porque cuando está a mi lado, no me gusta ir  pronto a la cama no vaya a ser que me levanten cuando llevo una hora durmiendo. Con todo esto, entré mis piececitos entre mi edredón morado hacia  la una de la mañana.

El problema ha sido cuando no es que hayan despertado nada más dormirme, si no que a las seis de la mañana estaba en el trabajo. Vamos, apenas cinco horas después de echarme a “descansar”. Uno sabe cuando entra a trabajar, pero nunca cuando va a salir. Me han dado las tres de la tarde en el trabajo, con el tiempo justo para salir, comer un poquillo y volver a las cinco de nuevo a mis obligaciones laborales. Y de ahí, a las ocho a casita. Un día duro, por lo largo y por las circunstancias de la jornada. Las cosas no siempre nos gusta como salen. Buenas noticias las daríamos todos, todos los días. Pero las malas cuesta decirlas y son más frecuentes de lo que nos gustaría.

Entonces uno mientras pasan las horas y las horas y no se termina el día, se va dando cuenta que su comportamiento a medida que avanza el día es inversamente proporcional a la edad que uno tiene. Comienzan  los despistes, los pensamientos en la nada, la risa tonta y pegadiza… Y los lloriqueos. Los lloriqueos sobre todo. Lloriquear por querer irse a casa a descansar. Lloriquear cuando tienes que escribir cinco veces el protocolo de un tratamiento porque no te aclaras ni tu mismo. Lloriquear cuando por fin consigues salir del trabajo y al montarte en el coche todo el mundo conduce horrorosamente mal mientras tu eres el puto (niño) amo.

Cuando por fin llego a casa, solo pienso en tumbarme en el sofá por no meterme ya en la cama y cerrar los ojos para no despertar hasta el día siguiente. Acurrucarme como un niño chiquito y si hay que seguir lloriqueando se sigue. Y dormir tranquilo.

Lástima que la realidad no sea tan bonita, ya que el teléfono rojo sigue activo y puede despertarme de éste sueño en cualquier momento.

Anuncios