Esta mañana me he levantado y como muchas otras veces, vamos, la mayoría, he ido a desayunar a casa de mi madre. Tengo la manía de hacerlo mientras pongo en la televisión videos musicales y hoy han hecho que recordara.

Seguramente hoy hablaré de alguien que lo más seguro es que no llegue a leer esta entrada. No es aficionada a los ordenadores, aunque ultimamente parece que controla un poco más. ¡Hasta tiene Facebook! Pero bueno, no se trata de que lo lea o no. Se trata de que hoy la recordé y eso es lo que hace especial al día de hoy. La niña Chololy, la niña de los besitos de purpurina. Esa criatura que durante años de facultad nos ha hecho reir a carcajadas y disfrutar de pequeños momentos de la vida en la biblioteca. Su desorden frente a mi mientras estudiabamos cara a cara, ella desorden, yo cuadriculado. Sus páginas subrayadas a lapiz, sin color. Su pelo magnífico y su femeneidad, sobre todo eso. Porque si hay una palabra que define a Chololy es femenina.

La conocí en mi primer año de facultad, fue mi compañera de prácticas en el laboratorio de Química. Con su pelo rapado y sus andares particulares… Recuerdo una de las pocas fiestas de primero a la que me quedé. Yo fuí con mis amigos al Chelus, en el royo, y al entrar en el bar, llegamos hasta el fondo y estabas subida en una especie de tarima bailando como una loca la canción de Cher “Believe”. (Uy, esto daña su imagen de dura). Después nos perdimos la pista, pero no del todo, para volver a reunirnos en la etapa final de nuestros caminos de estudiantes. Y que etapa final. ¿Cuántas veces llegué a escuchar esa canción de Fito mientras estudiaba en la biblioteca desde su mp3? Lo que hemos aguantado a nuestra Chololy. Y lo que hemos disfrutado con las cervezas y las partidas de dardos. La victima perfecta de mis bromas, como meterla debajo de la ducha. Mi pareja perfecta para hacer portés al estilo fama, por su tamaño reducido.

 ¡Ainsss, egg que soy tannn guapa! O su mítica frase mientras Fangoria firmaba su disco para mí: “es que pasáis tanto tiempo juntos”

Todo queda en la memoria, y la mía es corta y olvido facilmente las cosas.

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Pero Miren siempre está en nuestras cabezas al escuchar una canción de Fito y Fitipaldis. Y creo que eso no solo me pasa a mi, si no a todos los “vecinos de San José”. 

¿Cuando nos echamos unas dianas? Eso sí, con tatuaje del MIM incluido.

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