Una tortuga de mar verde nadando cerca de un banco de peces mari

Soy como una tortuga y me meteré en mi caparazón por un tiempo más. Parecía un tiempo bonito para salir de él, y caminar menos protegido. Lo dejé un día en casa, dispuesto a usarlo lo menos posible, ya que empiezo a cansarme de él. Es pesado y da calor, y cuando menos te lo esperas, tratas de quitartelo y no te da tiempo a hacerlo. No hará mucho dejé que descansara, y yo de él. Pero parece que no fue buena idea.

¿De qué nos protegemos tanto? ¿Cuando cumplimos años dejamos de soñar y solo pensamos con la cabeza? Me niego a que así sea. Y yo soy el primero que se protege, pero cuando algo golpea en el caparazón lo abandono rapidamente para dejar que sea el corazón el que mande. Por supuesto, con cabeza, pero que ella no sea la que tenga que decidir.

Yo no tengo las cosas claras casi nunca, y más en cuanto a relaciones se refiere. Soy el primero que la caga, que manda todo a la mierda sin un motivo aparentemente lógico, y suelo decir “que no siento lo que debería sentir”… Aunque qué mas lógico para terminar algo que no sentir lo que se debería, ¿no? Pero lo intento, y más cuando alguien merece la pena. Claro que puede salir mal, pero ¿y si no es así? ¿Y si sale bien?

Esta vez no son mariposas las que hablan de los sentimientos, sino una tortuga y su caparazón.

 No se realmente lo que quiero escribir, pero tenía que hacerlo. No soy un ejemplo de nada, y menos si de por medio hay sentimientos. Lloro demasiado, grito más y a veces soy irracional. Soy tozudo y tenaz. Soy visceral, sobre todo visceral…

Pero creo en el amor. Y voy detrás de él aunque pueda caerme a la vuelta de la esquina. Y si me caigo, ya levantaré. No me he muerto, solo tendré un rasguño más…

Voy detrás de él.

Pero hoy, esta tortuga vuelve a su caparazón.

 

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